Historia de los francos (de 587 a 589), Libro 9

Ana Xochitl Ávila, traducción, 2011

I Recaredo y sus embajadores.

II Deceso de la bienaventurada Radegonda.

III Sobre el hombre con un puñal que buscaba al rey Gontrán.

IV Nacimiento de otro hijo de Childeberto.

V Prodigios.

VI Impostores y adivinos.

VII Los vascones y la destitución del duque Enodio.

VIII Gontrán Boso es presentado al rey.

IX Asesinato de Rauchingo.

X Asesinato de Gontrán Boso.

XI Encuentro de los reyes.

XII Muerte violenta de Urso y Bertafredo

XIII De cómo Vadon que iba de embajador, fue arrestado y liberado mucho tiempo después. La epidemia de disentería.

XIV La paz entre el obispo Egidio y el duque Lobo.

XV Conversión de Recaredo.

XVI Su embajador ante nuestros reyes.

XVII Escasez de ese año.

XVIII Los bretones y el fallecimiento del obispo Namacio.

XIX Muerte violenta de Sicario, vecino de Tours.

XX De cómo fuimos enviados en embajada ante el rey Gontrán para conservar la paz. [Pacto de Andelot]

XXI Sobre las limosnas y bondad de ese rey.

XXII La peste en la ciudad de Marsella.

XXIII Fallecimiento del obispo Ageric. Su sucesor.

XXIV Pontificado de Frónimo.

XXV De cómo el ejército de Childeberto partió a Italia.

XXVI Deceso de la reina Ingobergis.

XXVII Deceso de Amalon.

XXVIII Respecto a los objetos de valor que mandó la reina Brunegilda.

XXIX De cómo los lombardos pidieron la paz al rey Childeberto.

XXX Sobre los oficiales del fisco que vinieron a las ciudades de Poitiers y Tours.

XXXI De cómo el rey Gontrán envió un ejército a Septimania.

XXXII Desavenencia de los reyes.

XXXIII De cómo Ingeltrudis fue ante el rey Childeberto a quejarse en contra de su hija.

XXXIV Enemistad de Fredegonda y de su hija.

XXXV Muerte violenta de Vadon.

XXXVI Cómo el rey Childeberto envió a Soissons a su hijo Teodoberto.

XXXVII El obispo Doctigisilo.

XXXVIII Sobre el complot que algunos tramaron en contra de la reina Brunegilda.

XXXIX El escándalo promovido por Clotilde y Basina en el monasterio de Poitiers.

XL Orígenes del escándalo.

XLI Reyerta en la basílica de San Hilario.

XLII Copia de la carta de Santa Radegonda a los obispos.

XLIII Cómo el sacerdote Teutario vino para aplacar el escándalo.[Cómo no lo logró]

XLIV El tiempo este año.

Libro 9, de 587 a 589

I Tras la muerte el rey de España Leovigildo, su hijo Recaredo se alió con su viuda Gosuindai, tratándola como su madre. Era la madre de la reina Brunegilda, madre a su vez de Childeberto. El joven Recaredo, hijo de otra mujer de Leovigildo, tras consultar con su madrastra, envió mensajeros a los reyes Gontrán y Childeberto para decirles: Hagan la paz con nosotros y concluyamos una alianza a fin de que, cuando la necesidad lo exija, nos ayudemos los unos a los otros en condiciones similares, impulsados por una mutua benignidad. Los enviados al rey Gontrán recibieron la orden de permanecer en la ciudad de Macon, dando desde allí a conocer al rey el objeto de su misión. Pero no los quiso escuchar, resultando en una enemistad tal que posteriormente los godos no permitirían a nadie del reino de Gontrán el paso por las ciudades de Septimania. En cambio aquellos enviados al rey Childeberto fueron recibidos con bondad, presentaron regalos, obtuvieron la paz y se les despidió con otros regalos.

II En este año abandonó este mundo la bienaventurada Radegunda, dejando en el dolor el monasterio que había instituido [en 587]. Estuve presente en su funeral. Falleció el treceavo día del sexto mes [el 13 de agosto], y su sepelio se llevó a cabo dos o tres días despuésii.  En el Libro de los Milagros, ya me ocupé de escribir sobre todos aquellos que se manifestaron ese día sobre su tumba, así como respecto al orden de los funerales.

III A la fiesta de San Marcelo que se celebra en la ciudad de Chalon en el séptimo mes [septiembre], asistió el rey Gontrán y cuando, tras la santas solemnidades, se dirigía al altar sagrado para recibir la comunióniii, un hombre fue hacia él aparentando tener algo que decirle, y mientras se aproximaba dejó caer un cuchillo. De inmediato, se le aprehendió y le hallaron en la mano un segundo cuchillo ya desenvainado. Enseguida se le sacó de la santa basílica librándolo a los tormentos. Confesó haber sido enviado para matar al rey, diciendo: Así lo quiso quien me manda. El rey no ignorando a cuantos reunía un mismo odio contra él y receloso de un golpe, ordenó a los suyos que lo rodearan. Ningún hombre con un espada accedía hasta él, a menos de que fuera dentro de la iglesia, donde pensaba no tener qué temer. Aquellos de los que hablo fueron capturados y muchos librados a la muerte, aunque no al primero, porque no se creía que estuviera permitido ejecutar a quien se saca de una iglesia.

IV En este año le nació otro hijo al rey Childebertoiv. Veran, el obispo de Chalon, lo bautizó con el nombre de Teodorico. Varias veces con la ayuda de Dios, este pontífice de una virtud milagrosa, curó a los enfermos imponiéndoles la señal de la cruz.

V Muchos prodigios se dieron entonces. En varias casas, aparecieron signos en los jarrones, caracteres que nunca se lograron borrar. Este prodigio se manifestó primero en el territorio de Chartres, para atravesando Orleans, alcanzar el territorio de Burdeos, sin omitir a su paso ninguna ciudad intermedia.  En el octavo mes [octubre], pasada la vendimia, se vieron las vides con nuevos sarmientos cargados de racimos, mientras otros árboles mostraban hojas y frutos también nuevos. Se vieron rayos del lado norte, y algunos aseguraban haber visto caer serpientes del cielo. Otros afirman que un pueblo, con sus casas y habitantes, desapareció de repente; propiciándose la multitud de señales que suelen anunciar la muerte de un rey o calamidades al país. Ese año las vendimias fueron escasas, las aguas fuertes, las lluvias torrenciales, y los ríos crecieron enormemente.

VI Hubo en ese tiempo, en la ciudad de Tours, un llamado Desiderio que se consideraba un gran personaje  y afirmaba realizar muchos prodigios. Se vanagloriaba de comunicarse con los apóstoles Pedro y Pablo por medio de mensajeros, y como yo estaba ausente, el pueblo tosco afluía, llevándole ciegos y cojos, que aquel intentaba sanar no por su santidad sino merced a los artificios de la necromancia. Cuando se trataba de paralíticos o entumidos por alguna enfermedad, los hacía extender a la fuerza, a fin de aliviar con su industria a quienes no lograba curar con el don de la potencia divina. Sus sirvientes tomaban pues a los enfermos, unos de los brazos y otros de los pies, jalando cada cual por su lado, de tal forma que los nervios estaban a punto de romperse, y así los devolvían, sanos o muertos, y no pocos rindieron el alma en ese tormento. El miserable estaba tan henchido de vanidad que, aunque se reconocía inferior a San Martín, se igualaba en cambio a los apóstoles. Sin que haya de qué maravillarse, ya que al final de los tiempos, el autor de todos los males se hará pasar por el Cristo. De allí que, según dijimos se le acusará de estar imbuido de los errores del arte de la necromancia; habiendo testigos que afirmaron que cuando hablaban mal de él, a sus espaldas y escondidas, se los recriminaba después públicamente, en presencia del pueblo. A ésos que hablaban, les decía ¿Por qué dijeron de mí tales y tales cosas, indignas todas de mi santidad? ¿Cómo habría podido saberlo, si antes no lo hubiera instruido el demonio? Llevaba una túnica y una capucha de piel de cabra, y frente a la gente se abstenía absolutamente de comer y beber, pero durante sus visitas secretas a la hostelería se hartaba al punto que un solo mozo no era suficiente para llevar todo lo que pedía. Los nuestros lo sorprendieron, y habiendo puesto de manifiesto sus engaños, se le echó del territorio de la ciudad. Ignoramos a dónde fue. Se decía vecino de la ciudad de Burdeos.

Siete años antes había aparecido otro gran impostor que con sus engaños había embaucado a mucha gente. Iba vestido de una túnica sin mangas y llevaba por encima un sudario con el que se cubría. Cargaba una cruz de la cual colgaban frascos que decía contener el santo óleo. Pretendía venir de España y exhibir reliquias de los bienaventurados mártires Vicente y Félix. Habiendo llegado al crepúsculo a la basílica de San Martín de Tours, en el momento en que cenábamos, nos mandó un mensajero diciendo: Que se acorra frente a las reliquias. Como ya era tarde respondimos que las santas reliquias podían reposar sobre el altar hasta el día de mañana en que iriamos a recibirlas. Pero él se levantó al alba, y vino con su cruz hasta nuestra celda. Estupefacto ante un tal atrevimiento, le pregunté qué quería decir eso. Me respondió alzando la voz, con un tono soberbio: Debiste recibirnos mejor. El asunto llegará a oídos del rey Chilperic para que vengue el menosprecio que se me hace. Sin ocuparse más de mí, entró enseguida a mi oratorio, dijo un versículo, luego un segundo y un tercero, en fin prosiguió con su oración, la terminó, y levantando de nuevo su cruz, salió. En su lenguaje era burdo y aun obsceno. Ningún discurso razonable salía de su boca. Cuando fue a París, se celebraban las Rogaciones, según la costumbre de solemnizarlas antes del día santo de la Ascensión del Señor. Mientras el obispo Ragnemode junto con el pueblo hacía la procesión de los lugares santos, llegó con su cruz. El pueblo sorprendido por su vestimenta extraña, se le unió en la persona de las mujeres públicas y las rústicas. Él se conformó con este cortejo y quiso, seguido por esta muchedumbre, hacer la procesión de los lugares santos. Lo cual percibido por el obispo, despachó a su archidiácono quien le dijo: Si portas reliquias de santos, deposítalos un tiempo en la basílica y celebra con nosotros los días santos. Y pasada la solemnidad prosigue tu camino. Pero él desatendió las palabras del archidiácono y antes cubrió al obispo de insultos y maldiciones. Dando a entender con esto de que se trataba de un impostor, el obispo mandó se le encerrara en una celda. Examinaron entonces lo que traía. Traía un saco pleno de raíces, de dientes de topos, huesos de ratón, de garras y grasa de oso. Por tratarse de instrumentos de maleficio se ordenó botar todo al río. Se le quitó la cruz con la orden de abandonar el territorio de París. Mas éste se hizo tallar otra cruz y volvió a sus prácticas ordinarias. Arrestado por el archidiácono, se le cargó de cadenas y puso bajo vigilancia. Por aquellos días vine a París, estableciendo mi alojamiento cerca de la basílica de San Julián Mártir. Precisamente la noche anterior, el miserable se había escapado y arrastrando sus cadenas vino hasta la basílica de San Julián, echándose en el lugar exacto donde era mi costumbre ponerme. Allí agobiado por el sueño y el vino se durmió. Ignorante del suceso, me levanté en medio de la noche a dar gracias al Señor y lo hallé allí durmiendo. Expandía un hedor mayor al de todas las cloacas y al de todos los privados. Este tufo me impidió entrar en la santa basílica. Uno de los clérigos intentó, tapándose las narices, despertarlo; sin éxito, tan repleto de vino estaba el miserable. Entonces acudieron cuatro clérigos quienes lo levantaron a pura fuerza de brazo, y fueron a arrumbar a un rincón de la basílica. Después trajeron agua para lavar el adoquinado y yo entré a decir mis plegarias ordinarias, sólo después de que derramaran hierbas odoríferas encima. Nuestros cantos, sin embargo, tampoco lo despertaron; y se lo devolví al obispo bajo la promesa de que no le haría daño. Como los obispos estaban reunidos en París, hablamos del asunto en la mesa, ordenándose que se le trajera para recibir su castigo. Cuando hubo llegado, Amelio, obispo de la ciudad de Bigorre alzó los ojos y lo reconoció por uno de sus servidores, uno que se le había fugado. Lo recuperó bajo la promesa de no hacerle daño, enviándolo de vuelta a su país. Y así son muchos los seductores que inducen a la gente rústica al error, y no desisten. Es por ellos, opino, que el Señor dijo en su Evangelio: Se levantarán pseudo Cristos y pseudo profetas que realizarán prodigios y maravillas, y aun a los elegidos los seducirán {Mateo, 24, 24]. Pero con esto basta y volvamos a nuestro tema.

VII Enodio, quien administraba los ducados de Tours y de Poitiers, recibió también el gobierno de Aire y de las ciudades del Bearn. Mas los condes de Tours y de Poitiers acudieron al rey Childeberto y obtuvieron su traslado. Al enterarse de que se le desposeía fue a las susodichas ciudades, donde recibió la orden de abandonarlas. Vuelto al ocio, regresó a su villa para administrar sus asuntos privados.

Los vascones descendieron de las montañas al valle a devastar las ciudades y los camposvi; incendiaron las casas y se llevaron a no pocos habitantes cautivos así como a sus rebaños. Contra ellos marchó varias veces el duque Austrobaldovii sin lograr vengarse. Los godos a causa de los destrozos del año anterior por el ejército del rey Gontrán en Septimania, irrumpieron en la ciudad de Arles llevándose un gran botín y de cautivos, hasta diez mil vecinos de la ciudad. Tomaron también el castillo llamado Beaucaire, trayendo la desolación al país y a sus habitantes, que no pudieron oponerles ninguna resistencia.

VIII Como Gontrán Boso era odioso a la reina, empezó a dirigirse a los obispos y a los principales del reino. El desgraciado solicitaba el perdón que hasta entonces había despreciado, ya que desde que reinaba Childeberto, el Joven, había cubierto de insultos y comentarios ultrajantes a la reina Brunegilda, sosteniendo también a los enemigos de ella en cuantas injurias le asestaron. El rey para vengarse de esa ofensa, exigió que se le persiguiera y matara. Viéndose pues en peligro se resguardó en la catedral de Verdun bien seguro de obtener su perdón por medio de Ageric, el obispo de esta ciudad y el mismo que bautizó al rey. El pontífice se presentó ante el rey a pedirle por Gontrán y el rey no pudiendo rehusarle le dijo: Que concurra y tras abonar un gaje, que comparezca ante mi padre. Se hará lo que él decida.[1] Despojado de sus armas lo condujeron con las manos atadas a la residencia del rey, el obispo lo presentó. Y él tirándose a los pies del rey le dijo: He pecado contra ti y tu madre, desobedeciendo sus órdenes, obrando contra ustedes y el bien público. Les ruego ahora me perdonen las ofensas que cometí. El rey le mandó levantarse y puso en manos del obispo diciendo: Queda en tu poder, santo obispo, hasta que se presente al rey Gontrán.  Y les ordenó que se retiraran.

IX Rauchingo[2] se reunió con los principales del reino de Clotario, hijo de Chilperic, fingiendo que trataban de paz y de la manera de evitar entre ambos reinos las disensiones y los estragos en las fronteras. Aunque en realidad el consejo meditó matar al rey Childeberto. El plan era que tras el regicidio, Rauchingo reinaría en Champaña a lado de Teodeberto, el primogénito del rey. Así pues Urso y Bertefrido debían apoderarse en primer lugar del recién nacido de Childeberto, llamado Teodorico y el menor de sus hijos. Al rey Gontrán verían luego la forma de despojarlo también de su reino. Estaban llenos de cólera contra la reina Brunegilda y proyectaban reducirla al nivel de humillación en que estuvo al inicio de su viudezviii. Rauchingo, en particular se pavoneaba de su poder, jactancioso de la gloria del cetro futuro, y ya se prepaba a ir a ver a Childeberto para ejecutar lo proyectado. Mas la bondad divina hizo que el rey Gontrán se enterara, y habiendo enviado mensajeros en secreto al rey Childeberto, le dio aviso de todo lo se tramaba contra él, le mandó decir: Apresura nuestra entrevista, pues hay cosas qué hacer. Y Childeberto informándose con cuidado de las maquinaciones descubiertas y reconociendo los hechos como verdaderos, le ordenó a Rauchingo venir. Cuando llegó antes de pedirle que se presentara, dio sus órdenes por escrito y envió servidores a preparar los transportesix con el encargo de apoderarse de sus bienes en donde quiera que estuvieran. Entonces mandó lo introdujeran a su cámara, y tras discurrir sobre esto y lo otro, terminó despidiéndolo. Al salir, dos guardias lo atraparon por los pies y cayó sobre el escalón al umbral de la puerta. De manera que la mitad de su cuerpo estaba adentro y la otra fuera. Allí se lanzaron sobre él, las espadas desenvainadas en la mano, quienes lo esperaban en cumplimiento de las órdenes, y lo trituraron de tal forma como para que lo que quedó de su cabeza, cráneo incluido, no se diferenciara de los blandos sesos. Murió ipso facto. Después lo desnudaron, arrojó por la ventana y dio sepultura. Era un hombre arrogante, sobrepasando los límites humanos de la codicia y del gusto por los bienes ajenos; fatuo de sus riquezas y, hacia el tiempo de su asesinato, presentábase como nada menos que hijo del rey Clotario. Traía sobre su persona mucho oro. En cuanto murió, uno de sus sirvientes corrió a avisarle a la esposa. Alardeaba a caballo en las calles de la ciudad de Soissons, cubierta de joyas y piedras preciosas, resplandeciente con el brillo del oro. Iba, precedida y seguida por una hilera de servidores, a la basílica de San Crispín y Crispiniano para escuchar la misa, pues era el día de estos mártires bienaventuradosx. Aunque tras escuchar al mensajero, dio media vuelta tomando por otras calles, y arrojó sus joyas al suelo antes de buscar refugio en la basílica del santo obispo Medard, donde se creyó segura bajo la protección del santo confesor. Los enviados del rey con la misión de hacerse de los bienes de Rauchingo, hallaron más en sus cofres de lo que había en el erario público, todo lo cual fueron mostrando al rey. El día de su homicidio estaban con el rey varios habitantes de Tours y de Poitiers. Y no cabe duda que si hubieran cometido el crimen proyectado, los habrían torturado diciendo: Uno de ustedes mató al rey. De suerte que luego de rematarlos por varios tormentos, se habrían auto proclamado vengadores del rey. Mas Dios omnipotente desvaneció sus proyectos inicuos para cumplir con las palabras de la escritura: Aquel que cava una fosa cae en ella [Eclesiástico, XXVII, 29]. Magnobaldo fue nombrado duque en su lugar. Ya Urso y Bertafredo, ciertos que Rauchingo había ejecutado lo convenido, avanzaban con un ejército, cuando llegaron hasta sus oídos los detalles de su asesinato. Pasaron pues a engrosar su contingente con una multitud de hombres y se encerraron junto con sus bienes en el castillo de Vaivresxi, vecino a la villa de Urso, habiendo deliberado que si el rey quería actuar en contra de ellos, se defenderían allí con la fuerza de su ejército. El autor y causa de todo el mal era Urso. La reina Brunegilda le despachó un enviado a Bertafredo diciendo: Sepárate de ese hombre que es mi enemigo y tendrás la vida salva, de lo contrario perecerás con él. En efecto, la reina había tenido a su hijo en la pila bautismal y deseaba ser clemente. Pero él: A menos de que la muerte me separe, no lo abandonaré.

X Mientras esto acontecía, el rey Gontrán mando correos a su sobrino Childeberto diciendo: Es absolutamente necesario, tanto por el bienestar de nuestras vidas como por la utilidad pública, que nos veamos. Lo que obligó a Childeberto a tomar consigo a su madre, a su hermana y a su esposa para acorrer al llamado de su padre [a Andelot]. Lo acompañó también Magneric, obispo de la ciudad de Tréveris, y Gontrán-Boso, cuyo fiador era Ageric, obispo de Verdun. Este pontífice quien había dado su fe de representarlo, no creyó conveniente estar presente, para que si se le condenaba a muerte no se mutara la pena en consideración de su sacerdocio y si se le daba la vida, se fuera libre. Reunidos los reyes, lo juzgaron culpable de varias trasgresiones y ordenaron su muerte. Él se enteró y huyó a la morada del obispo Magneric, donde cerró las puertas y llamando ante sí al obispo y también a los clérigos y sirvientes, dijo: Sé, muy santo obispo, el gran honor en que te tienen los reyes. Por eso me refugio a tu lado. Quienes deben ajusticiarme están casi en la puerta. Pero quiero que sepas que si no me ayudas, comenzaré por matarte a ti y después marcharé a la muerte. Y no te quede duda que ambos pereceremos de una misma muerte o defenderemos juntos nuestra vida. ¡Ay, santo obispo! Tú que eres el confesor del hijo del rey, puedes obtener cuanto pidas, a ti nada te negarán. Pide pues mi perdón o muramos juntos. Y esgrimía la espada en la mano mientras pronunciaba estas palabras. El obispo espantado le dijo: ¿Qué puedo hacer yo aquí? Déjame ir a implorar la misericordia de los reyes, quizá se compadezcan de ti. – No, respondió Gontrán-Boso, mejor envía a tus vicarios y hombres de confianza a dar cuenta de mi dicho. El estado de las cosas no se reportó con todas sus circunstancias a los reyes, y como sólo se les dijera que el obispo defendía a Gontrán Boso, el rey montó en cólera y dijo: Si el obispo no quiere salir de su casa, no hay más, que perezca al mismo tiempo que el pérfido. Esas palabras se las comunicaron al obispo, quien de inmediato envió mensajeros al rey narrándole lo que realmente pasaba, y el rey dijo: Prendan fuego a la casa, si el obispo no sale, arderán los dos. Los clérigos encerrados con el obispo, rompieron las puertas de la casa cuando lo supieron, sacando al obispo. Mientras el infortunado Gontrán-Boso que ya se veía rodeado de llamas, ceñía su espada y salía por la puerta. cuando hollaba el umbral, la lanza de uno de los de la muchedumbre lo alcanzó en la frente. Entonces atarantado por el choque y con el sentido casi perdido, intentó todavía sacar su espada, pero fue el blanco de las lanzas. Las puntas se le hundieron en los flancos, pero el palo de las lanzas lo sostuvieron de manera que detenido por ellas no pudo caer. Mataron igualmente a la poca gente en su compañía, exhibiéndose sus cuerpos a lado del suyo en los campos. A duras penas se logró la autorización de los príncipes para recubrirlos de tierra. Era petulante, un hombre de una codicia que iba hasta la ansiedad y, respecto a los bienes ajenos, voraz fuera de toda mesura, daba a todos su palabra sin cumplirla jamás. Se mandó al exilio a su mujer e hijos, y sus tesoros los recuperó el fisco. Hallaron oro, plata y joyas diversas en cantidad, además de las que había enterrado, probablemente impulsado por la conciencia de sus iniquidades, tesoros que también se descubrieron. Siempre deseoso de conocer el futuro, solía visitar a los adivinos e intérpretes de agüeros, y murió en su engaño.

XI El rey Gontrán confirmó su alianza con su sobrino y la reina, intercambiaron regalos, y después de tratar los asuntos públicos, se libraron a los festines. Gontrán alababa al Señor diciendo: Te doy gracias infinitas, Dios omnipotente, porque me permitiste ver a los hijos de mi hijo Childeberto. Ni me creo abandonado de tu majestad cuando me ha dado ver a los hijos de mi hijo. El rey Childeberto recuperó a Dynamio y al duque Lobo; el rey Gontrán devolvió también el feudo de Cahors a la reina Brunegilda. Una vez firmado el pacto en la paz y la alegría, cada uno regresó a su ciudad tras intercambiar regalos y abrazos, y daban gracias a Dios.

XII El rey Childeberto habiendo reunido un ejército, le ordenó marchar hacia el lugar donde se habían encerrado Urso y Bertafredo. Había en el país de Vaivres un pueblo bajo una montaña que caía a pico, con en su cima se una basílica en honor al santo y bienaventurado Martínxii. Se decía que antes hubo allí una fortaleza, aunque la plaza estaba fortificada no tanto por el cuidado de los hombres sino por el de la naturaleza. Urso y Bertafredo se encerraron en la basílica junto con sus mujeres y servidores. El ejército, según dijimos, se había puesto en marcha por orden de Childeberto en esa dirección, pero antes de alcanzarlos, las tropas libraron al fuego y saqueo las estancias y bienes de su pertenencia. Cuando por fin llegaron al lugar el ejército ascendió armas en mano la montaña para tomar la basílica. Estas tropas tenían por jefe a Godegesiloxiii,  yerno del duque Lobo, pero como no lograban ni tomar ni sacarlos de la basílica, probaron prenderle fuego. Entonces Urso ciñó su espada e hizo en una salida, una matanza como para no dejar con vida a ninguno de los que se le ponían enfrente. Mató a Trudolfo, conde del palacio del rey, y a muchos otros. Nadie, en efecto, se le podía escapar a Urso hasta que cayó  herido en un muslo, entonces los enemigos se precipitaron sobre él y pereció. Al ver esto Godegesilo empezó a gritar: ¡Ha muerto el mayor enemigo de nuestro amo! Hágase la paz y deje la vida salva a Bertafredo. Pero mientras decía esto, su gente se abandonaba al pillaje de los tesoros reunidos en la basílica, permitiéndole a Bertafredo montar a caballo y emprender la huída con rumbo a la ciudad de Verdun. Allí se refugió en un oratorio construido en la residencia episcopal, creyéndose tanto más seguro que el obispo Ageric habitaba esa casa. Cuando anunciaron a Childeberto la fuga de Bertafredo, el rey con el corazón atosigado, dijo: Si éste escapa a la muerte, Godegesilo no me escapará. El rey no sabía que se había refugiado en la casa episcopal y lo creía fugitivo en otra región. Espantado, Godegesilo movió sus tropas para rodear la casa del obispo. Pero el pontífice se rehusaba a entregarlo y aún intentaba defenderlo. Los hombres de Godegesilo se treparon al oratorio, arrancaron las tejas, la cubierta del techo, y luego mataron a Bertafredo. Murió junto a tres servidores. El obispo estaba muy dolido no sólo por no haber podido defenderlo sino de ver profanado con sangre el lugar donde tenía costumbre de orar y donde también reposaban las reliquias de los santos. A fin de calmarlo, el rey Childeberto le envió una serie de regalos, mas no tuvo consuelo. Muchos, en esos días, huyeron del país por el temor que les inspiraban los reyes. Otros fueron despojados de su rango de duques, y substituidos.

XIII Gontrán ordenó que Vadon, a quien mencionamos arriba [libro VIII],  se presentará cargado de cadenas por el crimen de lesa majestad ante él, y lo hizo venir hasta París diciendo: Si por el testimonio de hombres honrados enviados por Fredegunda, logra la descarga del crimen que se le imputa, que se le dé la libertad y vaya a donde quiera. Pero una vez en París nadie se presentó a afirmar la inocencia de Vadon de parte de esa mujer[3]. Se le volvió a Chalons, estrujado bajo el peso de cadenas y bajo una vigilancia severa; posteriormente fueron y vinieron mensajeros, y gracias principalmente al obispo Leudobaldo de Bayeux pudo volver a su casa.

La disentería desolaba la ciudad de Metz. En aquellos días al ir al encuentro del rey, nos encontramos sobre el camino, esto es en Reims, a Guillolfo, vecino de Poitiers, que estaba ya calenturiento presa de la enfermedad. Iba a París con el hijo de su mujer y proseguía su viaje no obstante su postración. Falleció en el pueblo de Ruel tras hacer su testamento. El niño atacado por el mismo mal murió también. Ambos fueron recogidos para ser enterrados juntos en el territorio de Poitiers. Y la mujer de Guillolfo se casó en terceras nupcias con el hijo del duque Bepolen, el cual era de conocimiento público, que tenía dos mujeres todavía vivas a quienes había abandonado. Era un libertino entregado al ardor de la fornicación, y que en su horror por el lecho conyugal, dejaba a su esposa dormir en el cuarto con los sirvientes, mientras él se acostaba con otras. Así se había comportado con su segunda esposa, y así se comportó con la tercera, ignorante sin duda de que la putrefacción no deshará lo corrompidoxiv.

XIV A Egidio, el obispo de la ciudad de Reims, se le presumió culpable de lesa majestad, crimen por el que habían sido muertos todos aquellos de los que se habló antes, por lo que cargado de regalos fue a presentarse al rey Childeberto. No sin exigir antes que se prestara juramento en la basílica de San Remigio de no atacarlo en ruta. El rey lo recibió y despidió ya reconciliado con él. Se reconcilió también con el duque Lobo, pues no hay que olvidar que fue a su instigación que lo despojaron del ducado de Champaña; componenda que amargó sobremanera al rey Gontrán porque el duque Lobo le había prometido no hacer nunca la paz con el obispo, reconocido enemigo de este rey.

XV En ese tiempo el rey Recaredo de España, inspirado por la misericordia divina, reunió a los obispos de su religión[4], y les dijo: ¿Por qué entre ustedes y los sacerdotes que se llaman católicos hay siempre escándalo? Y ¿por qué manifiestan ellos su fe mediante tantos milagros, y ustedes no? Conviene pues que se reúnan a discutir las creencias de cada partido a fin de descubrir cuáles son las verdaderas. Entonces ellos aceptarán sus razones y creerán lo que les dicen, o bien ustedes reconocerán la verdad y creerán cuanto predican. Y así fue. Los obispos de ambos partidos se juntaronxv y los heréticos expusieron las propuestas contenidas en algunos de los discursos que referimos antes. Por otro lado, los obispos de nuestra religión les opusieron las razones que, según narramos en los libros precedentes, habían ya vencido a los heréticos varias veces. El rey no dejó de constatar que los obispos de los heréticos no realizaban ninguna cura en los enfermos, y recordó como en tiempos de su padre, uno de esos obispos vanagloriándose de devolverle la luz a un ciego, lo había al contrario condenado a una ceguera perpetúa; cosas que expusimos en el Libro de los Milagrosxvi. Al final, volvió a llamar a los sacerdotes del Señor y tras examinar la creencia de éstos, reconoció a un solo Dios que adorar bajo la distinción de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Donde el Hijo no es menor al Padre ni al Espíritu Santo; o el Espíritu Santo al Padre e Hijo, sino que es un Dios verdadero compuesto de una trinidad igualmente omnipotente. Recién iluminado, Recaredo acabó la discusión y sometiéndose a la ley católica, recibió la señal de la cruz, la unción del santo crisma y creyó que nuestro Señor Jesús Cristo es igual a su Padre y al Espíritu Santo, y que reina por los siglos de los siglos. Amén. Luego envió mensajeros a la provincia Narbonense para ponerlo en conocimiento del pueblo con el que se reunía en una misma fe.

Por esa época había un obispo de la secta arriana de nombre Ataloco quien revolvía con proposiciones e interpretaciones engañosas la Iglesia de Dios, al punto que parecía tratarse de Arrio mismo, el cual refiere el historiógrafo Eusebioxvii que había devuelto los intestinos por el excusado. Acaso porque Atalaco prohibía a los de su secta creer en esa historia, o porque ahora sólo un puñado de aduladores constituía su partido, cierto día entró muerto de rabia en su célula y rindió el almaxviii. Esa fue la manera en que los pueblo heréticos, habitantes de aquellas provincias, abandonaron sus errores para confesar la Trinidad indivisible.

XVI Posteriormente Recaredo envió una embajada a Gontrán y Childeberto para hacer la paz ofreciendo, después de haberse unidos con ellos en la religión, unírseles también en la caridad. Mas el rey Gontrán los rechazó diciendo: ¿Qué fe pueden prometerme y cómo puedo creerles si redujeron al cautiverio a mi sobrina Ingonda[5], y con sus maquinaciones mataron a su marido, mientras ella pereció cuando les huía[6]? Hasta que Dios no me permita vengarme de sus enemigos, tampoco recibiré la embajada de Recaredo. Los legados recibieron la susodicha respuesta y fueron a presentarse al rey Childeberto quien los recibió con sentimientos de paz, le dijeron: Tu hermano Recaredo[7], nuestro amo, para lavarse del crimen que se le imputa de haber sido cómplice en la muerte de su hermana, se purgará si así lo requieres por juramento o de cualquier otra manera que pidas; luego entregará a su Gracia diez mil soles ya que desea granjearse su amistad a fin de recurrir a su ayuda como usted a la suya, lo cual redundará necesariamente en el beneficio de ambos. Dicho esto, el rey Childeberto y su madre le prometieron a Recaredo una paz y amistad constantes, y tras dar y recibir regalos, los legados agregaron: Nuestro amo nos ordenó también hacer llegar hasta sus oídos algunas palabras respecto a su hija y hermana Clodosinda, a quien pide en un matrimonio que reafirmará la paz entre ustedes. El rey y la reina contestaron: Sobre ese punto reciban nuestra promesa, aunque no nos atrevemos a concluirla sin el consentimiento de nuestro tío el rey Gontrán, habiénseñoros comprometido a no tratar ningún asunto de importancia sin su asentimiento. Y ellos se retiraron tras recibir esta respuesta.

XVII Hubo, ese año en la primavera, muy fuertes lluvias. Los árboles y las viñas empezaban precisamente a reverdecer cuando cayó la nieve que lo cubrió todo; una helada le siguió quemando los retoños de los viñedos cuyos frutos habían salido. La inclemencia de la estación llegó al grado de matar de frío a las golondrinas y demás pájaros migrantes. Es de maravillarse que la helada destruyera todo en los lugares donde no solía hacer daño, mientras en aquellos donde acostumbraba perjudicar no lo hizo.

XVIII Los bretones se arrojaron sobre el territorio de Nantes, pillaron, invadieron las estancias y prendieron cautivos. Una vez estos sucesos anunciados al rey Gontrán, ordenó marchar a un ejército, no sin enviar primero a los bretones un legado pidiéndoles reparar el daño so pena de ser pasados a cuchillo por su ejército. Temerosos prometieron reparar los daños. Y el rey les dirigió varios legados, a saber,  Namacio, el obispo de Orleans; Bertrán, el obispo de Mans; junto con condes y otros personajes del primer rango. Participaron también hombres principalísimos del reino de Clotario, hijo del rey Chilperic, los cuales acudieron al territorio de Nantes para comunicar a Varoco y a Vidlimaco las órdenes del rey. Aquellos repusieron: Sabemos que estas ciudades pertenecen a los hijos del rey Clotario a quien nosotros debemos obediencia, así que repararemos los estragos que lesionan sus derechos. Luego dejaron paga y seña, suscribieron los compromisos de entregar a los reyes Gontrán y Clotario,  mil a cada uno por composición, y prometieron también no volver a irrumpir en el territorio de las ciudades de su pertenencia. El asunto arreglado, los legados del rey regresaron a trasmitirle lo dispuesto. Pero mientras el obispo Namacio permanecía en unas granjas situadas en el territorio de Nantes, propiedades confiscadas a sus padres y que le habían devuelto, le salieron en la cabeza  tres úlceras perniciosas. Ya muy enfermo quiso regresar a la ciudad, mas a la altura del país de Angers exhaló el alma. Su cuerpo fue llevado a su ciudad donde se le inhumó en la basílica de San Aniano confesor. Para la sede espiscopal se nombró a Austrin cuyo padre había sido pastor. Waroco echó al olvido promesas y compromisos, no cumpliendo nada de lo especulado y apoderándose al contrario de las ciudades del país de Nantes, realizó a su provecho la vendimia, el vino de la cual se llevó a Vannes. Al tiempo que el rey Gontrán furioso, ordenaba ponerse en marcha de nuevo a un ejército, aunque luego se tranquilizó.

XIX La guerra entre los habitantes de Tours, que como narramos anteriormente[8], se había calmado retomó con nuevos bríos. Sicario tras matar a los padres de Cramnisindo se ligó de amistad con él, ambos se querían con una afección igual, comiendo juntos y compartiendo la cama. Cierta tarde, Cramnisindo preparó la cena e invitó a Sicario a su festín. Cuando hubo venido y estaban en la mesa, Sicario ebrio molestó a Cramnisindo con multitud de despropósitos, decía según cuentan: Al final, querido hermano, debieras de agradecerme que matara a tus padres, pues merced a la composición que de mí recibiste, corren el oro y la plata en tu casa; sin eso andarías desnudo y miserable. Estas palabras llenaron hasta el alma de amargura a Cramnisindo, quien se dijo a sí mismo: Si no vengo la muerte de mis padres no soy hombre y bien se me podrá llamar mujer débil. Así que apagó las luces y le fundió el cráneo a Sicario con su daga. Sicario en ese último instante de vida no pudo lanzar más que un grito y cayó muerto. Los servidores que lo acompañaban huyeron. Cramnisindo despojó el cadáver de su ropa y lo colgó de las ramas de un matorral, yéndose a continuación a caballo en busca del rey. Estaba en la iglesia y él se echó a sus pies diciéndole: Te pido la vida, oh, rey muy glorioso, porque maté gentes que no satisfechas con asesinar en secreto a mis padres, les hurtaron también todos sus bienes. Le expuso en detalle la cuestión, le reina Brunegilda, fiadora de Sicario, sumamente descontenta de que se le hubiera matado de esa forma, empezó a encolerizarse. Y Cramnisindo viendo que le era del todo contraria, se retiró a Besagesxix en el país de Bourges donde habitaban sus parientes, retirándose así hacia el reino de Gontrán. La mujer de Sicario, dejó hijos y riquezas en Tours y Poitiers para tornar tranquilamente donde sus padres al burgo de Merobesxx a casarse. Sicario que falleció a la edad aproximada de los cuarenta, fue en vida un desconsiderado, inclinado al homicidio y  también un ebrio que causó muchos males en ese estado de ebriedad. Cramnisindo  recurrió de nuevo al rey, habiéndose dictaminado que debía probar la culpabilidad de Sicario, lo cual hizo. Pero como la reina Brunegilda era la fiadora del muerto, se mandó confiscar los bienes de Cramnisindo. Bienes que le devolvería luego el doméstico Flavian, quien sabiendo además que se dirigía a Agen le dio cartas para franquearle el paso: en efecto, la reina le había otorgado esos bienes.

XX Ese año, el décimo tercero del rey Childeberto [588],  íbamos camino a la ciudad de Metz al encuentro del rey, cuando recibimos orden de partir en embajada ante el rey Gontrán. Lo hallamos en las ciudad de Chalons y le dijimos: Tu gloriosísimo sobrino te rinde gracias infinitas, oh, rey ínclito, por la bondad que has tenido y sigues teniendo de brindarle consejos a fin de cumplir lo que place a Dios, a ti es agradable y conviene a los pueblos. Promete realizar todas las cosas de que hablaron juntos, sin violar ninguno de los compromisos contraídos entre ustedes. Entonces dijo el rey: Yo en cambio no puedo rendirle gracias, cuando viola a ese punto lo convenido y no devuelve la parte que me corresponde de la ciudad de Senlis. También impidió el paso a varios opositores míos, los cuales me convenía alejar hacia otros sitios. ¿Cómo pueden afirmar entonces mi dulcísimo sobrino que no desea transgredir el tratado establecido y firmado por ambos? Le respondimos: No quiere ejecutar nada contrario a sus promesas, las cuales cumplirá en su totalidad. Ahora mismo puedes enviar para que se proceda a la partición de la ciudad de Senlis, recibirás de inmediato lo que te corresponde. Da también por escrito el nombre de los hombres que dices y se hará como convenido. Entonces el rey dio orden de leer ante todos los presentes el tratado. He aquí el texto:

[Pacto de Andelot]

En el nombre del Cristo, los excelentísimos señoes, los reyes Gontrán y Childeberto, y la gloriosísima dama, la reina Brunegilda, se reunieron en Andelotxxi por amor a la caridad a fin de terminar, tras madura deliberación, con cualquier motivo susceptible de generar pleitos entre ellos; y por la mediación de los sacerdotes y de los grandes, Dios mediante y con su intervención, por amor a la caridad se dispuso, quiso y convino que por tanto tiempo como Dios quiera mantenerlos en esta vida, se guarden mutuamente fidelidad y una caridad pura y sincera; y también que igual que en el tratado anterior entre el señor Gontrán y el señor Sigeberto, de feliz memoria, se estipulaba el derecho de Gontrán a conservar íntegra la herencia del reino de Cariberto no obstante que los beneficiarios en el reino de Childeberto hayan manifestado el deseo de recuperar todo lo perteneciente a su padre. Tras dictaminar se establece que lo que obtuvo del reino de Cariberto el señor Sigeberto mediante un tratado, a saber: un tercio de la ciudad de París con su territorio y la población que contiene; así como Chateaudun, Vendome, además de posesiones en el país de Etampes y de Chartres, sus territorios y la población que contienen permanecerán a perpetuidad bajo el poder y dominio del señor Gontrán junto con lo que ya poseía del dicho rey Cariberto mientras el rey Sigeberto estaba todavía en vida. Por otra parte y a partir de hoy, el señor Childeberto conserva en su poder las ciudades de Melun; dos porciones de la de Senlis; Tours; Poitiers; Avranches; Couserans, Aire; Bayona; Albi; todas con sus territorios. Se establece también que el rey que por la voluntad divina sobreviva al otro, heredara el reino de aquel que abandone la luz del día sin progenitura masculina. Con la condición específica de respetar inviolablemente  todo lo que el señor rey Gontrán ha dado y, con el permiso de Dios, aún dará a su hija Clotildexxii, en bienes, cosas y en hombres, ciudades, campos y rentas, las cuales permanecerán en su propiedad y posesión; y si ella desea disponer a su voluntad de algunos de los campos del fisco otorgados a ella, o de  sus efectos y fondos, o quiere dárselos a alguien, que se le conserven a perpetuidad y, con la ayuda de Dios, no se le recojan, sino que los posea en todo honor, seguridad y dignidad, bajo la tutela y defensa del señor Childeberto, exactamente como los poseía a la muerte de su padre. Por su parte, el señor Gontrán promete que si por efecto de la fragilidad de las cosas humanas, mas no lo permita la misericordia divina ni es tampoco el deseo de Gontrán, el rey Childeberto llega a abandonar la luz de este mundo y él está todavía en vida, tomará como buen padre bajo su tutela y defensa a sus hijos, los reyes Teodoberto y Teodorico, junto a cuantos hijos Dios le quiera otorgar, de manera que poseen en toda seguridad el reino de su padre; tomará también bajo su defensa y protección a la madre del señor Childeberto, la reina doña Brunegilda y a su hija Clodosinda, hermana del rey Childeberto, todo el tiempo que permanezcan en el reino de los francos, y a la reina Faileuba; viéndolas como a una buena hermana y a buenas hijas, las mantendrá en honor y dignidad con todos sus bienes, ciudades, campos, rentas y demás títulos, lo que actualmente poseen y, con la ayuda de Cristo, puedan todavía adquirir para que lo disfruten en absoluto reposo y seguridad; y si quisieran disponer de los campos recibidos del fisco, de sus efectos y fondos, o transmitirlo a alguno, se les otorgarán a perpetuidad y nadie ni nunca las vaya a despojar. En cuanto a las ciudades de Burdeos, Limoges, Cahors, Bearn y Bigorre que Galesvinta[9], hermana de doña Brunegilda, adquirió al venir a Francia, tanto en calidad de dote como de don del día siguientexxiii y que, a juicio del gloriosísimo señor rey Gontrán y de los francos, en el tiempo en que los reyes Chilperic y Sigeberto gozaban aún de vida, reconoció recaían en doña Brunegilda. se dictaminó que a partir de este día doña Brunegilda recibirá en plena propiedad la ciudad de Cahors, con su territorio y a los habitantes que encierra. El resto de las ciudades recién mencionadas pasarán al señor Gontrán mientras él esté vivo, para después de su muerte tornar a doña Brunegilda y a sus herederos, que entrarán entonces en su posesión; pero mientras con el auxilio de Dios él esté vivo, no pueden ser reivindicadas en ningún momento y bajo el pretexto que sea ni por doña Brunegilda ni por el rey Childeberto o los hijos de éste. Se acuerda asimismo que el señor Childeberto tendrá la posesión de la ciudad entera de Senlis, no obstante la tercera parte corresponda a señor Gontrán, compensándolo en cambio con la tercera parte de la ciudad de Rossonxxiv, perteneciente al señor Childeberto. Se estipula además que, de acuerdo al pacto establecido entre el señor Gontrán y el señor Sigeberto de feliz memoria, los leudes[10] que a la muerte de señor Clotario, prestaron juramento al rey Gontrán y se demostró que pasaron después a otro partido, serán expulsados de los lugares a donde se fueron a establecer; exactamente como los que tras la muerte del rey Clotario juraron fidelidad al señor Sigeberto y lo desertaron a favor de otro partido, serán expelidos de la misma manera. Se respetarán las donaciones realizadas por estos reyes a favor de la Iglesia y de sus fieles, así como aquello que con la ayuda de Dios y a buen recaudo puedan aún conferir. Ninguno de los fieles sufrirá perjuicio en lo que legal y legítimamente le corresponde en uno u otro reino, sino que les será permitido recuperar y disfrutar sus pertenencias; y si durante el interregno[11] alguno de ellos resultó despojado, tras prestársele oído, obtendrá la restitución para que cada cual disfrute en toda seguridad de lo recibido de la munificencia de los reyes anteriores, y de lo que estaba en su posesión a la muerte del rey Clotario, de gloriosa memoria. Lo confiscado a los fieles desde aquel entonces les será presentemente restituido. Y puesto que ambos reyes se unieron en un lazo puro y sincero: queda establecido, para cada uno de los fieles de ambos reinos, que cuando quiera viajar del uno al otro reino, ya sea por asuntos públicos ya particulares, el paso les será siempre franqueado. Se acuerda también que ninguno de los dichos reyes atraerá los leudes del otro ni los recibirá tampoco, a menos de que un leude busque acaso amparo en el otro reino por alguna sinrazón. Lo entregarán a su rey sólo después de recibir garantías de su seguridad proporcionales a la falta. Se creyó necesario agregar al presente tratado que, si bajo cualesquiera pretexto y en la época que fuera, una de las partes lo transgrede perderá los beneficios actuales y porvenir, que tornarían al que permaneció inviolablemente fiel a las susodichas condiciones, quien  queda libre en todos puntos de las obligaciones de su juramento. Las cosas así dispuestas, las partes juran en el nombre de Dios omnipotente, de la Trinidad indivisible, y de todas las cosas sacras, así como sobre el día ominoso del juicio final, observar inviolablemente todo lo escrito aquí encima, sin engaño o artificio fraudulento. Dispuesto el cuarto día de las calendas de diciembre del año vigésimo sexto del de señor rey Gontrán y del doceavo del del señor rey Childeberto [28 de noviembre de 587].

Tan pronto como se hubo leído el pacto le dije al rey: Que me hiera el juicio de Dios si se infringió en algo su contenido. Él volviéndose hacia Félix en misión con nosotros le dijo:, ¡Ay, Félix! Dime, tú que fuiste el artífice de la amistad entre mi hermana Brunegilda y Fredegunda, esa enemiga de Dios y de los hombres. Éste lo negó replicando: No dude el rey que conservan entre ellas una amistad de largos años[12], y ciertamente tampoco ignora que el odio de ambas en nada disminuye y sí se fortalece. Antes pluguiera a Dios, rey gloriosísimo que le mostrarás menos bondad a Fredegunda, pues sabemos que recibes sus embajadas mejor que las nuestras. Y él: Sacerdote de Dios quiero, dijo, que sepas que si recibo a sus legados es para no faltarle en caridad a mi sobrino Childeberto, siéndome imposible ligarme de amistad con aquella de cuya parte vienen continuamente gentes a procurar atentar contra mi vida esta de este mundo. Cuando hubo hablado, Félix dijo: Habrá llegado hasta la Gloria de usted, que Recaredo envió una embajada a su sobrino pidiendo en matrimonio a Clodosinda, su sobrina, hija de su hermano. Childeberto, sin embargo, no ha querido comprometerse sin contar antes con su acuerdo. El rey dijo: Ni es lo más conveniente que mi sobrina vaya al país donde asesinaron a su hermana, ni razonable que la muerte de mi sobrina Ingonda permanezca sin venganza. Félix respondió: Mucho desean justificarse por juramentos o por cualquier otra condición que se les imponga. Tan sólo piden su consentimiento para que Clodosinda se despose con Recaredo, según lo solicitan. El rey dijo: Si mi sobrino cumple con todas las condiciones del pacto que firmó, me conformaré al respecto a su voluntad. Prometimos cumplir con todo, y Félix agregó: A su caridad le súplica que le preste auxilio contra los lombardos para echarlos de Italia a fin de recuperar lo que poseía en vida su padre y poder entregar, con su asistencia el resto al dominio del emperador. El rey respondió: No puedo enviar mi ejército a Italia y librarla así yo mismo a la muerte. Italia está actualmente devastada por el contagio. Y yo le dije: Pidió a su sobrino que reuniera a todos los obispos de su reino porque hay muchos asuntos que examinar; mas su sobrino desearía que, siguiendo la costumbre canónica, cada metropolitano reúna a sus sufragantes para remediar merced a la autoridad de los decretos sacerdotales los desordenes de cada región. ¿Con qué motivo se reuniría a esa multitud de obispos? Ningún peligro amenaza la Fe, ni ha surgido tampoco una nueva herejía. ¿Cuál puede pues ser la necesidad de reunir a tanto sacerdotes del Señor. El rey dijo: Deben juzgar un sinnúmero de acciones inicuas, como fornicaciones y otras que trataremos luego entre nosotros. No obstante, siempre vendrán antes los asuntos de Dios, y deben primero de averiguar porqué al obispo Pretextat se le asesinó con la espada en su iglesia [libro 8, cap. XXXI]. Deben también discutir la acusación de lujuria que se maneja contra varios de ellos, y si se confirma sometérseles a la corrección de los decretos sacerdotales, y si se les declara inocentes hacer pública la falsedad de la acusación. Enseguida ordenó que ese sínodo tuviera lugar al inicio del cuarto mesxxv [principios de junio de 588]. Tras la entrevista fuimos a la iglesia. Era el día de la fiesta de la resurrección del Señor y después de la misa nos invitó a su mesa, cargada de manjares y abundante a placer. El rey volvía siempre a los temas de Dios, de la construcción de iglesias y de la defensa de los pobres. Reía de las invenciones y juegos de espíritu que disfrutaba mucho,  contribuyendo a su vez con cosas que daban gusto, pues decía: Basta que mi sobrino se atenga a sus promesas y todo lo mío será suyo. Y si se escandaliza de verme recibir a los legados de mi sobrino Clotario, ¿estoy pues tan fuera de mí como para no entreponerme de manera a evitar las discordias entre ellos? Sé que más vale tajar y no darle largas al asunto. Le daré dos o tres ciudades a Clotario, si lo reconozco como sobrino, para no parecer desheredarlo y evitarle así los problemas a quien yo instituya mi heredero. Luego de hablarnos de esas y otras cosas, nos despidió cargados de presentes y con caricias de afecto, recomendándonos de insinuarle siempre cosas a su ventaja al rey Childeberto.

 

XXI Este rey era, según ya dijimos, liberal en sus limosnas, asiduo a las velas y los ayunos. Se decía por entonces que  Marsella estaba bajo el azote de la peste inguinalxxvi, enfermedad[13] que se había extendido repentinamente hasta un burgo del país de Lyon, llamado Octave[14]. Y el rey, cual correspondería a un buen obispo, vio se aplicaran los remedios necesarios a la cura de las llagas con origen en el pecado de los pueblos.  Mandó a todos asistir a la iglesia donde se celebraron las rogaciones en la mayor devoción, y que nadie comiera nada fuera de pan de cebada y agua clara, además de participar constantemente en las vigilias. Y durante tres días se hizo como mandó. Sus limosnas de por sí abundantes lo fueron aún más que de costumbre; estaba tan temeroso por su pueblo que parecía no sólo su rey sino sacerdote del Señor; con todas sus esperanzas puestas en la misericordia divina, tornó cada uno de sus pensamientos hacia aquel sobre quien, en la pureza de su fe, depositaba el cuidado de volverlos eficaces. Se cuenta el hecho notable de una mujer cuyo hijo yacía en cama con una fiebre cuarta, y de ella que extirpándose de entre el gentío se fue a colocar detrás  del rey y muy diestramente le arrancó a la vestimenta real unos flecos; los puso en un agua que dio a beber a su hijo quien luego sanó[15]. De lo cual no tengo la menor duda, mencionándose con harta frecuencia, el caso de poseídos que bastaba que durante el ataque invocaran su nombre, para verlos auto acusarse de sus culpasxxvii.

XXII Así pues y como el contagio se recrudecía en la ciudad de Marsella, conviene enumerar en detalle sus sufrimientos. Por esos días, el obispo Teodoro se había puesto en camino para hablar al rey en contra del patricio Niceto, pero el rey Childeberto no quiso saber nada y el obispo regresó. Fue por ese tiempo que un navío venido de España para el comercio habitual trajo consigo el germen de la plaga, y habiendo negociado con numerosos ciudadanos, no transcurrió mucho tiempo sin que en una casa donde vivían ocho, perecieran todos del contagio dejándola vacía. El fuego de la infección se propagó a todos los hogares pero de manera latente, antes de ser un tizón en la paja que abrasó con furia a la ciudad. El obispo ya había vuelto, pero se mantuvo encerrado en la basílica de San Víctor junto al corto número de sus acompañantes. Desde allí apelaba con vigilias y oraciones a la misericordia de Dios por las calamidades de la ciudad, para la atenuación de sus males y por un respiro para la castigada población. La peste cesó dos meses y los habitantes empezaban a regresar a la ciudad cuando retomó para matar a quienes volvieron.  Muchos burgos aledaños sufrieron a su vez de esta plaga.

XXIII Ageric el obispo de Verdun estaba enfermo por el pesar de la muerte de Gotran Boso no obstante él se hubiera portado su garante, además de la pena secreta que lo devoraba por el ajusticiamiento de Bertafredo en el oratorio mismo de la casa episcopal. Y a diario llorando  decía a los hijos de Gontran-Boso a quienes había recogido: Es por el odio que me tienen que están hoy huérfanos. Consumido según dijimos por ese recuerdo, el cruel disgusto y las privaciones, falleció y se le depositó en la tumbaxxviii. Su vicario Buciobaldo concurrió en pos del obispado sin obtenerlo. La autoridad real en concordancia con la elección de los ciudadanos se inclinó por el sacerdote Carimer, dejando de lado a Buciobaldo que se decía era un orgulloso, tildado por ese motivo de Bucccus validus [trompeta sonora(hablador)]. El obispo de Arles murió también y fue merced a la protección del obispo Siagrio de Autun que Virgilio su vicario lo sustituyóxxix.

XXIV Falleció también Deuterio el obispo de Vannes, en cuyo lugar nombraron a Fronimo. Este Fronimo era nativo de la ciudad de Bourges, si bien ignoro cómo llegó a Septimania. El caso es que tras la muerte de Atanagildo, lo recibió allí magníficamente Liuva, su sucesor, y fue consagrado obispo de la ciudad de Agde. Pero tras el deceso de Liuva, Leovigildo siguió las vías inicuas de la herejía. De manera que cuando Igonda, la hija de Sigeberto, se casó en España lo acusaron abiertamente ante Leovigildo de brindar consejos a la princesa para defenderse contra el veneno infecto de la herejía. Con la finalidad de destituirlo, el rey le tendería luego peligrosas asechanzas, pero él nunca cayó en la celada, y Leovigildo terminó por enviar quien lo matara a hierro. Como unos mensajeros le avisaron, abandonó la ciudad de Agde para venir a las Galias, donde fueron muchos los obispos que lo recibieron con regalos, de allí pasó a ver al rey Childeberto. Y cuando la sede de Verdunxxx estuvo vacante, el rey lo revistió del poder pontifical, nueve años después de haber sido expelido de su primer obispado.

Ese año los bretones pillaron los territorios de Nantes y de Rennes, vendimiaron las viñas, devastaron las siembras, se llevaron cautivos a los habitantes de los pueblos, violaron en todo sus promesas, vaya no sólo las quebrantaron sino que aún hurtaron lo perteneciente al rey.

XXV El rey Childeberto había prometido, a la demanda de los lombardos que lo obsequiaron con regalos, dar su hermana como esposa a su reyxxxi. Pero luego vinieron los legados de los godos y como supo que se habían convertido a la fe católica se la prometió también, enseguida envió una embajadaxxxii al emperador para informarlo de que mandaba tropas contra los lombardos, lo cual todavía no había hecho[16], para expulsarlos entre ambos de Italia [588]. El ejército se puso en marcha para apoderarse de aquel país, con los jefes al frente, y trabaron combate, pero los nuestros fueron totalmente derrotados. Sobre el terreno fueron innumerables los que cayeron muertos, otros fueron hechos prisioneros, otros en fin lograron escapar aunque  no volvieron a su patria sino tras penosos trabajos. Tal fue la masacre entre las filas del ejército de los francos, que no se tiene memoria de que haya habido otra igual.

XXVI En el décimo cuarto año del reino de Childeberto [589], transitó de este mundo al otro la reina Ingobergis, la viuda de Cariberto, mujer de gran prudencia, dedicada a la vida religiosa y muy activa en vigilias, oraciones y limosnas. Creo que la providencia divina la previno, porque envió mensajeros a buscarme para que, según lo había proyectado en pos de la salvación de su alma, le ayudara a asentar su testamento por escrito, en cuanto me hubiera consultado sobre sus planes. Vine, y afirmo que vi a una persona temerosa de Dios. Me recibió con bondad y habiendo hecho llamar un notario, y tras consultar como ya dije conmigo, legó ciertas cosas a la iglesia de Tours y a la basílica de San Martín; otras a la iglesia de Mans; y a los pocos meses pasó a mejor vida, presa de una enfermedad repentina,  me parece que a los 70 años de edad, dejando una hija única casada al hijo del rey de Kent [Ehebert]. Por su testamento otorgó la libertad a muchos.

XXVII El duque Amalon quien había enviado a su esposa a sus tierras a supervisar su rendimiento, se enamoró de una doncella de nacimiento libre. Y a favor de una noche, embebido de vino, ordenó raptarla y llevarla a su lecho. Ella se resistía y fue por la fuerza que los mozos la trajeron, mediando unas bofetadas, por lo que la sangre le escurría de las fosas nasales y el lecho terminó ensangrentado, el duque procuró someterla a golpes, más bofetadas y demás violencias, y cuando finalmente la mantenía quieta entre sus brazos, opreso por el sueño, se durmió. Ella estiró el brazo por encima de la cabeza de aquel hombre y encontró su espada, la desenvainó y le dio con ella en la cabeza, llena de coraje, igual que Judith a Holofernes. A los gritos acorrieron los sirvientes y habrían matado a la doncella, si él no se hubiera interpuesto diciendo: Alto, les suplico, pues he pecado al intentar robarle por la fuerza su virginidad. Que no perezca quien no obró más que por castidad. Y expiró. Mientras los familiares lloraban al difunto, la doncella con la ayuda de Dios lograba escaparse de la casa y llegar en la noche a la ciudad de Chalons, a casi  35 millas de su punto de partidaxxxiii. Allí entró a la basílica de San Marcelo y se prosternó a los pies del rey, narrando todo lo acaecido. El rey muy misericordioso no sólo le otorgó la vida, sino que pidió se le extendiera una orden con lo que la tomaba bajo su protección, prohibiendo a los parientes del occiso molestarla. Sabemos que, Dios mediante, la castidad de esta joven no fue violada por su raptor.

XXVIII La reina Brunegilda mandó fabricar un escudo enorme de oro y piedras preciosas, así como dos platos en madera vulgarmente llamados vasijas, unos cubiertos también de oro y yemas que envió al rey de España con Ebregisilo, quien había ido ya varias veces en embajada a ese país. Estaba en el camino, cuando fueron con la noticia al rey Gontrán diciéndole que la reina Brunegilda  enviaba regalos a los hijos de Gundebaldo. Al oír esto, el rey ordenó vigilar los pasos de su reino a fin de que nadie transitara sin ser registrado. Esculcaban la ropa de los viajeros, su calzado y pertenencias en busca de cartas ocultas. A su llegada a París, Ebregisilo cargado como lo estaba con los regalos fue capturado por el duque Ebracario y conducido frente al rey Gontrán. El rey le dijo: ¡Ay, desgraciado! Veo que no te basta y ahora urdes proyectos impúdicos. Hete aquí que corres en busca de Balomer que ustedes llaman Gundebaldo, a quien mi ejército venció cuando pretendía apoderarse de mi reino. Hoy envían presentes a sus hijos para que regresen a las Galias y me maten. No irás a donde planeas, antes perecerás de muerte violenta, porque la misión de la que te encargas es contraria a nuestra nación. Éste negó lo que se le imputaba, alegando que nada se aplicaba a él, que iba a llevar esos regalos a Recaredo quien desposaría Clodosinda, la hermana del rey Childeberto. El rey le creyó y lo soltó, prosiguiendo aquel su camino hacia donde lo mandaban.

XXIX A raíz de la invitación de Sigeberto, obispo de la ciudad de Mouzon[17] xxxiv, el rey Childeberto decidió pasar las festividades de la Pascua en esa ciudad. Su hijo Teodeberto yacía entonces enfermo de un tumor en la garganta que lo hacía sufrir mucho, aunque después sanó. El rey Childeberto se ocupaba en levantar un ejército para ir a combatir a la nación lombarda en Italia. Pero los lombardos habiéndose enterado, enviaron legados con presentes al rey diciendo: Que la amistad sea entre nosotros para que no perezcamos. Te pagaremos tributo, y contarás con nuestra ayuda cada que sea necesaria frente al enemigo. El rey Childeberto al oír esto, remitió mensajeros al rey Gontrán con la información de los ofrecimientos. Éste no se opuso al acuerdo y aconsejó la ratificación de la paz. El rey Childeberto mandó ordenes para que el ejército no se moviera de su lugar, mientras enviaba legados a los lombardos a fin de que si confirmaban sus promesas el ejército regresara a sus lares. Lo cual, empero, no se llevó a cabo.

XXX Por cierto que a solicitud del obispo Meroveo, el rey Childeberto despachó a Poitiers a Florenciano, mayordomo de palacio, junto con Romulfoxxxv, conde de palacio, a realizar el censo de la población, cuya rectificación en las cargas de tributo le permitiría recibir lo que allí se recaudaba en tiempos de su padre. Muchos entre los tributarios habían muerto y su carga recaía en las viudas, los huérfanos y los débiles. Se hizo la revisión por ordenes[18], eximiéndose a los pobres y a los inválidos, e inscribiendo en el censo público a todos aquellos cuya condición sometía justamente a tributo. Luego vinieron a Tours, pero cuando pretendieron obligar al pueblo a pagar las cargas según los libros que traían en las manos y que correspondían a las de los reinos anteriores les respondimos: Es manifiesto que los libros que traen son los realizados en tiempos del rey Clotario, de acuerdo a los registros de cargas y tributarios que se le entregaron, pero que el rey por temor a San Martín quemó. A la muerte del rey Clotario, el pueblo prestó juramento al rey Cariberto, quien juró no imponer leyes ni costumbres nuevas al pueblo, y mantenerlo en el estado en el que había vivido bajo el dominio de su difunto padre, y no aplicó, en efecto, ninguna nueva orden tendiente a despojarlo. En la época del conde Gaiso, en virtud, según dijimos, de antiguos censos empezaron a cobrar tributo, pero el obispo Eufrodo lo prohibió y fue a presentarse al rey con el fruto de esa exacción injusta, llevando consigo los libros de los contribuyentes, mas el rey, gimiendo y temeroso del poder de San Martín, quemó los censos y entregó a la basílica de San Martín las monedas extraídas, declarando que ningún vecino de Tours estaría sometido al tributo público. A su muerte, el rey Sigeberto tuvo bajo su dominio a esta ciudad y no la cargó con ningún tributo. Vivimos el décimo cuarto año del reinado de Childeberto, quien desde la muerte de su padre no nos había exigido nada ni la ciudad había gemido bajo el peso de los impuestos. Hoy está en su poder cobrarlos o no cobrarlos, pero tengan cuidado de no atraer el mal sobre el rey, violando su juramento. Me respondieron: He aquí el registro en virtud del cual este pueblo está sometido a censo. Y yo dije: Esos libros no provienen del tesoro real, y no tiene autoridad desde hace buen número de años. No es de sorprenderse si por enemistad hacia sus conciudadanos algunos los conservan en sus casas. Dios juzgará a aquellos que tras un lapso tan largo los sacan para despojar a sus conciudadanos. Mientras esto sucedía el hijo de Audin, el mismo que había presentado el libro, fue atacado por la fiebre y al tercer día falleció. A continuación enviamos mensajeros al rey para que, en conocimiento de causa, dictaminara; recibiendo de inmediato cartas que, por autoridad real y en reverencia a San Martín, declaraban libre de tributo al pueblo de Tours. Tan pronto como las recibieron nuestros hombres regresaron a su patria.

XXXI El rey Gontrán hizo marchar un ejército sobre Septimania. A su llegada a Carcassonne, el duque Austrobaldo hizo prestar juramento al pueblo y lo sometió así al rey. El rey envió enseguida a Boso acompañado por Antescio para subyugar el resto de las ciudades. Éste llegó soberbio, acusando a Austrobaldo por haber entrado sin él a Carcassonne. Avanzaba con las gentes de Saintes, Perigueux, Burdeos, Agen y Toulouse, muy arrogante por el camino, mientras los godos sobre el quién vive le preparaban lazos. Estableció su campamento al borde de un pequeño río cerca de la ciudad y se puso a festejar, y cuando ya briago empezaba a expectorar blasfemias e injurias en contra de los godos, éstos irrumpieron de improviso en medio de los convidados y las viandas. Los comensales se levantaron enseguida pegando alaridos de guerra. Los godos les opusieron poca resistencia y fingieron darse a la fuga, y los otros los persiguieron hasta el lugar de la emboscada, donde fueron repentinamente rodeados y fue una carnicería. Quienes lograron escapar montaron a caballo y huyeron, dejando sobre el terreno su mobiliario, sin salvar de sus pertenencias más que lo que traían encima, y dándose todavía por muy bien servidos con estar con vida. Los godos al perseguirlos recogieron todas sus cosas, cargaron con ellas e hicieron prisioneros a los peones. Mataron a cerca de cinco mil hombres, y se llevaron prisioneros a más de dos mil, si bien liberaron a muchos que luego volvieron a su paísxxxvi.

XXXII El rey azorado de cólera hizo cerrar todos los caminos de su reino, para que ninguno del reino de Childeberto pudiera pasar, diciendo: Es por la perfidia de aliarse con el rey de España que mi ejército se perdió, y habrá enviado también mensajeros a las ciudades para que no se me sometieran. A esta fuente de amargura se sumaba además el que Childeberto pensara enviar a Soissons a su hijo mayor Teodeberto, lo cual despertaba las sospechas del rey Gontrán que se decía: Mi sobrino manda su hijo a Soissons para que tome París y despojarme así de mi reino. Algo que nunca le pasó por la mente ni tan siquiera a Childeberto, si se me permite expresarlo. Hablaba asimismo en términos injuriosos de la reina Brunegilda, decía que su hijo obraba aconsejado por ella, y añadía que había invitado al hijo de Gundebaldo a unírsele en matrimonio. Al grado que ordenó a los obispos reunirse para comienzos de noviembre en un sínodo. Muchos que se habían puesto en camino desde los confines de las Galias se volvieron en cuanto la reina Brunegilda se purgó por juramento de esa acusación, y Gontrán reabrió las vías de tránsito, dejando paso franco a quienes quisieran ir al rey Childeberto.

XXXIII Por esos días, Ingeltrudis que había establecido un monasterio en el recinto de San Martín se dirigió al rey para acusar a su hija. En ese monasterio vivía Bertafledis, hija del difunto rey Cariberto. Pero al salir Ingeltrudis, Bertafledis ingresó al de Mans. Era muy dada a la gula y al sueño sin ningún cuidado por el servicio de Dios. Quizá nos convenga remontarnos en el tiempo para la historia de Ingeltrudis y su hija. Años antes cuando, según dijimos, Ingeltrudis empezó a organizar un monasterio de religiosas en los patios de San Martínxxxvii, escribió a su hija diciéndole: Abandona a tu marido y ven, que te haga abadesa de la grey que estoy reuniendo. Y ésta siguió ese consejo tan frívolo y vino a Tours con su marido, y habiendo ingresado en el monasterio le dijo: Ahora vete, administra nuestros bienes y gobierna a nuestros hijos, porque lo que es por mí, yo no regreso contigo, porque quien vive en matrimonio no verá el reino de Dios. Él vino a buscarme y me contó cuanto le había dicho su mujer, por lo que fui al monasterio y le leí el canon del concilio de Nicea cuyo contenido reza: Si una mujer abandona a su marido, y desprecia el lazo matrimonial en el cual ha vivido, sosteniendo que no tienen parte en la gloria de reino celeste quienes viven en matrimonio: que sea anatema.xxxviii Bertagundis  temerosa de que los obispos le negarán la comunión regresó esa vez con su marido. Sólo para tres o cuatro años después, cuando su madre la mandó buscar, suplicándole de nueva cuenta que viniera, aprovecharse de la ausencia de su marido, cargar una nave tanto con sus pertenencias como con las de él, llevarse a sus hijos y desembarcar en Tours. Su madre, sin embargo, no la podía retener a causa de la maldad del yerno, y estaba además preocupada de que aquel fuera a proseguir con la acusación que le había falsamente levantado, así que la mandó con su hijo Bertrán, hermano de Bertagundis y obispo de Burdeos. Al esposo que la perseguía, éste le dijo: La desposaste sin el consentimiento de sus padres, no es tu esposa. Aunque hacia más de treinta años que estaban casados. El marido regresó varias veces a Burdeos, sin que el obispo se la devolviera. Pero durante la visita del rey Gontrán a la ciudad de Orleans, narrada en el libro anterior [libro 8, cap. 1 y II], este hombre empezó a dirigir palabras acres al obispo, diciendo: Me quitaste a mi mujer y a sus sirvientes para dedicarte al adulterio con mis sirvientas, y mi mujer peca con los sirvientes tuyos. Algo que no es de un obispo,. Él rey irritado hizo prometer al pontífice que la devolvería a su esposo diciendo: Es mi pariente, si algo le pasa de malo en casa de su marido, tendré cuidado de vengarla, pero de otra manera ¿para qué librar este hombre al oprobio privándolo de su mujer? El obispo Bertrán lo prometió y dijo: Recibí a mi hermana habiendo transcurrido varios años de su matrimonio, es cierto, por amistad y por el deseo que tenía de quedarse conmigo; pero ya se fue: que la tome quien quiera, no me opondré. Y calló, pero le remitió en secreto unos mensajeros previniéndola para que tomara el hábito y entrara en religión en la basílica de San Martín, lo cual hizo incontinente. Su esposo volvió a la carga seguido de mucha gente para arrancarla del lugar santo. Pero ella ya había tomado el hábito y se entregaba a la penitencia, según aseguraba, y rehusó seguir a su marido. Sin embargo, a la muerte del obispo Bertrán en la ciudad de Burdeos, pareció por fin percatarse de sus actos y se exclamó: Infeliz de mí, ¡por qué escuché los consejos de mi mala madre! Ahora que mi hermano ha muerto, y yo vivo separada de mis hijos, ¿a dónde puedo ir? Ay, infeliz de mí, y ¿para hacer qué? Entonces determinó ir a Poitiers, no obstante todo lo que su madre pudiera decirle para retenerla, con el resultado de una cruel enemistad entre ellas. En efecto, a partir de entonces concurrieron ambas con frecuencia al rey, pues una quería conservar los bienes de su padre y la otra los de su marido. Bertagundis mostró la donación que le había hecho su hermano Bertrán diciendo: Mi hermano me dio tal cosa. Donación que la madre no reconocía y con la intención de apropiarse de todo, envió gentes que irrumpieron, quebrando la puerta, en casa de su hija, y se llevaron además de la donación, todo. Ella misma dio las pruebas al restituir, cuando se le obligó a la demanda de su hija, algunas de las prendas que se había llevado. Tanto mi colega Meroveo como yo, habíamos recibido cartas del rey pidiéndonos pacificar este asunto, por lo que Bertagondis vino a Tours. Examinamos, juzgamos y logramos que se conformara, al menos en cuanto nos fue posible, a la razón; pero nada pudo ablandar a la madre: iracunda fue a ver al rey, y en ausencia de su hija le presentó el caso, decidiéndose que restituiría un cuartoxxxix de lo que le quitó a su hija; conservando para ella y los nietos, hijos de un hijo y que estaban con ella, los tres cuartos restantes. El presbítero Teutario, antes canciller del rey Sigeberto, y que recientemente había entrado en el clero y recibido los honores del sacerdocio, fue nombrado para realizar la partición, pero como la hija no la aceptó, tampoco se llevó a cabo y la querella persistió.

XXXIV Riguntis, hija de Chilperic, acusaba seguido a su madre, pretendía ser su señora a la que ésta debía servir, y no se ahorraba los insultos, acabando las dos con frecuencia por agarrarse a tortazos y trompadas. Un día su madre le dijo: ¿Por qué me molestas, hija? He aquí los tesoros de tu padre cuya guarda tengo, tómalos y haz con ellos lo que gustes, y se entró al gabinete del tesoro donde abrió un cofre repleto de collares y joyas que conforme iba sacando ponía en las manos de su hija hasta que le dijo: Ya me cansé, ahora mete tú misma la mano y coge lo que encuentres. Incontinente aquella metió el brazo en el cofre para seguir extrayendo los tesoros, pero su madre jaló entonces la cubierta del cofre dándole en la cabeza, y todavía reunió todas sus fuerzas para apretarla sobre el cuello de su hija al que hería con la tabla inferior, y bajo la presión casi le saltaron los ojos de las órbitas. Mas una sirvienta que estaba presente, se puso a gritar: ¡Acorran, pidió, miren que asesina su madre a mi ama! E inmediatamente quienes se habían quedado en la puerta a la espera de ellas acudieron, rescatando así a Riguntis de un peligro inminente. Después de lo cual y, sobre todo a causa de los adulterios a los que era propensa Riguntis, prosiguieron entre ellas las riñas y los golpes.

XXXV Bertrudisxl al morir, instituyó heredera a su hija, legando algunas cosas al monasterio de religiosas que había fundado y a las iglesias de los santos confesores. Pero Vadon de quien hablamos en un libro anterior [VI y VII], se quejó de que el yerno de Bertrudis le había quitado sus caballos, y quiso ir a una estancia heredada por la hija en el territorio de Poitiers, diciendo: Él vino de otro reino y se llevó mis caballos, yo le quitaré su finca. Envió ordenes al administrador para que previera lo necesario a su estancia y gastos. Al oír esto, el administradorxli juntó a los hombres de la casa y se preparó al combate, diciendo: Sobre mi cadáver entrará Vadon a la casa de mis señores. Cuando la mujer de Vadon escuchó que proyectaban combatir a su esposo, le dijo: Querido conyugue no vayas, si vas te matarán, y yo me quedaré pobre y desdichada con tus hijos, enseguida lo tomó de las manos aún con la esperanza de retenerlo, y su hijo también le decía: Si vas pereceremos los dos, y dejarás a mi madre viuda y huérfanos a mis hermanos. Mas no hubo palabras que lo detuvieran, antes encendido de cólera contra su hijo al que llamaba vil y cobarde, le arrojó su hacha y le habría roto la cabeza, si él echándose  a un lado no hubiera evitado el golpe. Montaron pues los dos a caballo, y despacharon al administrador nuevas órdenes para que se barriera la casa y dispusieran tapetes sobre los bancos. Pero aquel no hizo ningún caso de estos mandamientos, sino que colocó a todos los hombres y mujeres de la casa frente a la puerta de su amo, en espera de la llegada de Vadon. Al llegar, entró directo a la casa y dijo: ¿Por qué no se cubrieron estos bancos con tapetes? ¿Por qué no se barrió la casa? Y levantando su hacha la dejó caer sobre la cabeza del administrador que cayó muerto. Tan pronto empero como el hijo del muerto vio esto, le tiró su lanza en pleno estómago traspasándolo de parte en parte; y con el hierro que le salía por la espalda, rodó a tierra. La multitud de gente reunida sobre la explanada empezaba por otro lado a apedrearlos. No obstante, algunos hombres de su compañía se abrieron paso a través la lluvia de piedras y cubrieron a Vadon con un manto; y su hijo tras apaciguar al pueblo lo colocó sobre un caballo. Llegó todavía con vida, aunque rindió rápido el alma en medio de las lágrimas de su mujer e hijos. Después de perecer de tan infeliz manera, su hijo fue al rey y obtuvo sus bienesxlii.

XXXVI También durante este año de su reino, estaba Childeberto con su esposa y madre en el territorio que llaman Estrasburgoxliii cuando, de las ciudades de Soissons y de Melun, vinieron hombres fuertes y le dijeron: Danos uno de tus hijos para que lo sirvamos y con el resguardo de alguien de tu progenie opongamos mejor resistencia al enemigo en la defensa de tus ciudades. Feliz de lo que pedían, decidió darles a Teodoberto su hijo mayor, quien en el séptimo mes de este año [agosto 589] se puso en marcha junto con condes, servidores, intendentes, gobernadores y, en fin, todos los indispensables al servicio real, para responder al deseo de quienes lo solicitaban. El pueblo lo recibió con júbilo y suplicó a la misericordia divina que le otorgara, igual que a su hermano, una vida más larga que la de su abuelo.

XXXVII Por esos días se hallaba en la ciudad de Soissons, Droctigisilo, el cual había perdido, a lo que se dice, la razón por el exceso de bebida desde hacia cuatro años. Como la locura lo atenazaba sobre todo dentro de los muros de la ciudad, muchos ciudadanos aseveraban, que la causa de su mal residía en la expulsión del archidiacre al que despojó de su dignidad. Y es verdad que en cuanto salía, actuaba con mayor comedimiento. La llegada de Teodoberto a la ciudad coincidió con un lapso en que Droctigisilo se encontraba bien, sin embargo, no se le permitió entrar. Aunque era un glotón y un bebedor desaforado mucho más allá de lo que conviene a la prudencia sacerdotal, jamás se pudo decir de él que hubiera caído en el adulterio. Y un sínodo de obispos que se reunió en la ciudad de Sorcixliv ordenó se le autorizara reingresar a su ciudad.

XXXVIII Después de dar a luz a un niño muerto, la reina Faileuba yacía enferma y alcanzó a oír ciertas conversaciones según las cuales algunas personas intentaban actuar en contra de ella y de la reina Brunegilda. Tan pronto como se alivió, fue a ver al rey y les expuso a él y a su madre  lo que sabía. Se había enterado de que Septimina, la nodriza de sus hijos pretendía convencer al rey de expulsar a su madre y abandonar a su esposa para casarse con otra que lo manejaría a su gusto u obtendría con súplicas cualquier cosa. Que si el rey no se plegaba a ese consejo, lo harían morir con maleficios, elevarían sus hijos al trono y, tras haber alejado cuidadosamente a su madre y abuela, gobernarían el reino en su nombre. Mencionó como participantes a Sumnegesilo, el conde de las caballerizas; a Galomagno, el encargado de los referéndums; y a Droctulfo, recién otorgado a Septimina a fin de ayudarla con los hijos del rey. Septimina y Droctulfo fueron aprehendidos en el acto y amarrados a postes donde se les azotó. Entonces Septimina confesó que había sido por amor a Droctulfo, de quien era la prostituta, que hizo perecer a su marido Jovio por medio de maleficios. Contó también cuanto dijimos, y señaló como involucrados a todos aquellos que ya citamos. Yéndose enseguida tras ellos, pero ellos espantados por su conciencia, buscaron refugio en iglesias. El rey mismo fue a verlos y les dijo: Salgan para que los juzguen y sepamos si las cosas de que se les acusan son verdaderas o falsas. Aunque pienso que no se hubieran resguardado en esta iglesia sin el acicate de su conciencia. Reciban, no obstante, la promesa de que tendrán la vida salva, incluso si se les halle culpables, porque somos cristianos y no nos es dado castigar a los criminales sacados de la iglesia. Salieron de la iglesia y se les condujo para el juicio ante el rey. Durante el examen de la acusación , reclamaron diciendo: Septimina y Droctulfo nos comunicaron es verdad su proyecto, pero nosotros lo execramos y nunca habríamos consentido a ese crimen. Y el rey dijo: ¿Acaso no consintieron queriéndonos lo celar? Se les hizo salir y ellos se acogieron otra vez a la iglesia. Pero Septimina igual que Droctulfo fueron violentamente golpeados. A ella le quemaron el rostro con hierros candentes y tras despojarla de sus mínimas pertenencias, se le llevó al pueblo de Marlheimxlv para girar la muela y preparar a diario el harina necesaria a la alimentación de las mujeres del gineceo. A Droctulfo le cortaron cabellos y orejas, y se le remitió para el cultivo de los viñedos, pero a los pocos días escapó. El administrador partió a su caza, llevándolo al rey y, de nuevo, a los viñedos de donde recién se había fugado. Privados de todos los bienes otorgados por el fisco, Sumnegisilo y a Galomagno partieron al exilio. Aunque merced a legados del rey Gontrán que suplicaron por ellos, y entre los cuales había obispos, se les levantó la pena de exilio, si bien no conservaron sino sus bienes propiosxlvi.

XXXIX En el monasterio de Poitiers, el diablo con sus mañas entró en el corazón de Clotilde que se decía hija del difunto rey Cariberto. Provocó un escándalo y fiada en su parentesco con los reyes, hizo prometer a las religiosas que una vez que ella acusara a la abadesa Leubovera, la nombrarían en su lugar. Salió pues del monasterio acompañada por cuarenta o más religiosas y por su prima Basina, hija de Chilpericxlvii diciendo: Voy al encuentro de los reyes mis parientes a enterarlos de nuestras afrentas, porque se nos rebaja aquí como si fuéramos hijas no de reyes, sino nacidas de malas sirvientas. Había olvidado, la pecadora infeliz, la humildad de la bienaventurada Radegunda, fundadora del monasterio. Al llegar a Tours nos vino a ver y tras darnos el saludo dijo: Te suplico, santo obispo, dígnate abrigar y alimentar a estas mozas que humilla de forma intolerable la abadesa de Poitiers, voy ante los reyes mis parientes, les referiré lo que sufrimos y regreso, abrígalas hasta entonces. Le dije: Si la abadesa falta en algo a la regla canónica, vayamos con nuestro colega el obispo Meroveo a admonestarla; pero ustedes retornen al monasterio y corrijan así su conducta, que el lujo no disperse a las que santa Radegunda reunió para el ayuno, las oraciones numerosas y las muchas limosnas. Ella respondió: De ninguna manera. Iremos a ver los reyes. Y yo le dije: ¿Porqué se niegan a la razón y cuál puede ser el motivo para que rechacen las admoniciones sacerdotales? Mucho me temo que la reunión de los obispos les prohíba la comunión. Y en efecto, así lo dispusieron nuestros predecesores en la carta que escribieron a la bienaventurada Radegunda en los tiempos del establecimiento de su congregación. Creí deber aunar la carta.

Epístola ejemplar

A la bienaventurada doña Radegunda, hija de la Iglesia en Jesús Cristo. Eufronio, Pretextato, Germán, Félix, Domiciano, Victorio y Domnolo obispoxlviiis. Por el cuidado de Dios infinito que brinda incesantemente a los hombres los medios de su salvación, sin que ningún tiempo ni lugar estén privados de su socorro, el árbitro bienhechor siembra personas, aquí y allá dentro de la herencia entregada para el cultivo a la Iglesia, por cuyo medio su campo es labrado asiduamente por la fe, por el azadón de la fe y, gracias a la temperatura que le da el cielo, rinde por centuplicado los frutos de la cosecha del Señor. Su bondad por doquier dispensa favores y nunca niega aquello que conoce ir en beneficio de la mayoría,  para poder coronar el día del Juicio a muchos, gracias al ejemplo santísimo de esas personas. Así fue durante el nacimiento de la religión católica, cuando los habitantes de las Galias vivían en la prisión de una fe primitiva, mientras el conocimiento de los misterios inefables de la Trinidad no era asequible sino a unos pocos; entonces el Señor, a fin de no ganar menos aquí de lo que con la predicación de los apóstoles ya ganaba en el mundo, se dignó en su misericordia enviar para esclarecer nuestra patria al bienaventurado Martín, nacido de estirpe extranjeraxlix. Él, aunque no vino en los tiempos de los apóstoles, suplió la falta de primacía con la gracia del Señor, la gracia apostólica no le faltó, pues quien brilla por sus méritos no pierde nada por venir en segundo lugar. Nos alegramos, reverendísima hija, de ver revivir en usted por favor divino este ejemplo de dilección en que la fe, gracias al esfuerzo, renace de la decrepitud misma del mundo y del declinar de los siglos; y lo helado en el invierno de la vejez, se tibia al calor del fervor del alma suya. Pero como viniste aproximadamente al mismo lugar a donde llegó el bienaventurado Martín, no nos sorprende verte imitar en tus obras a aquel que pensamos te sirvió de guía en tu camino y que, siguiendo sus pasos y ejemplo, cumplas tu voto asociándote a ese bienaventurado tanto como rehúyes cualquier contacto social. Resplandeciente con la luz de sus doctrinas, llenas de una celeste claridad el corazón de tus escuchas al grado que atraídas por ti y ardiendo del fuego divino, las doncellas se apresuran a venir a tu seno para saciarse en el amor de Cristo, y abandonan a sus padres, dándote la preferencia por sobre sus madres, un efecto de la gracia no de la naturaleza. Al ver esos votos hechos por afección, damos gracias a la misericordia suprema que hace coincidir  las voluntades de los hombres con la suya propia, y no dudamos que quiera conservar en su seno a quienes llamó para que se reunirlas a tu alrededor. Como supimos además que, por protección divina, algunas mozas de nuestras diócesis están deseosas de someterse a la regla que instituiste, y leímos la solicitud que nos presentas en tu epístola la cual recibimos con júbilo, por Jesús Cristo, nuestro autor y salvador, determinamos que cuantas se reunieron a tu alrededor permanezcan inviolablemente ligadas, en el amor de Dios, a la morada  que según parece eligieron en el ejercicio de su plena voluntad. Porque frente al cielo, nada debe de mancillar la fe prometida a Cristo, y no es un pequeño crimen el contaminar, Dios no lo quiera, el templo del Señor sólo para que lo destruya en su ira luego. Disponemos, sin embargo, que ninguna habiendo entrado al monasterio de Poitiers para seguir las instituciones de monseñor Cesario, obispo de Arles de feliz memoria, y viviendo por la gracia de Dios, en los lugares bajo nuestra jurisdicción sacerdotal, que ninguna que de acuerdo a la regla haya entrado por su aparente propia voluntad podrá tomarse la licencia de salir, por el miedo de que la infamia de una sola manche de vergüenza aquello que ante todos relumbra con el brillo del honor. Y si, y Dios nos preserve, alguna impulsada por un espíritu insensato pretendiera cubrir de una tal ignominia su disciplina, gloria y corona; si alguna presta oído al consejo del enemigo del género humano e, igual que la Eva arrojada del paraíso, consiente en salir del recinto de monasterio, o sea del cielo para sumirse y revolcarse en el vil fango de las calles; en ese caso que se le separe de la comunión  y se le cubra de un anatema horrible, de suerte que si tras haber abandonado a Cristo, y ya en el poder del diablo quiere desposar a un hombre, no sólo la fugitiva sino también el concubino sean vistos como adúlteros infames, y el marido como un sacrilegio; y que quien quiera que la haya aconsejado en ese sentido, dándole veneno que no un consejo, sea, por juicio divino y con nuestra asistencia, condenado a una venganza semejante a la pronunciada contra ella; esto hasta que separada de su concubino haya vuelto al lugar que abandonó y realizada la penitencia por su crimen execrable, merezca ser recibida y reelegida. Agregamos también respecto a nuestros sucesores en el sacerdocio su obligación en la ejecución de estas decisiones; y si, aunque no lo creemos, alguno quisiera ir contra nuestras deliberaciones que sepa que lo apelaremos a juicio frente al Juez eterno, porque los preceptos comunes para la salvación y las promesas a Cristo tienen un carácter de observación inviolable. A este decreto creímos necesario proveerlo de nuestra firma a fin de darle más solidez  y que, con la protección de Cristo, sea por siempre observado por nosotros.

Clotilde oyó la lectura que se le hizo de la carta y dijo: Nada nos retendrá e iremos sin demora ante los reyes nuestros parientes. Como no se les había provisto de caballos habían venido a pie de Poitiers y estaban exhaustas. Nadie tampoco les dio de comer sobre el camino, además habían llegado a nuestra ciudad el primer día del primer mes[1º de marzo], durante la temporada de fuertes lluvias y las rutas estaban anegada y todo bajo el agua.

XL Se quejaron mucho del obispo alegando que su procedimiento doloso era la causa de su turbación y del consecuente abandono de su monasterio. Pero remontemos a los orígenes de este escándalo. Durante el reino de Clotario, la bienaventurada Radegunda fundadora de este monasterio se mostró siempre al igual que su congregación obediente y sumisa a los obispos. En tiempos de Sigeberto, empero, y con el advenimiento al episcopado [de Poitiers] de Meroveo, a santa Radegunda por su fe y devoción se le permitió, mediante cartas patentes del rey Sigeberto, enviar clérigos a oriente en busca de astillas de la cruz de nuestro Señor además de reliquias de los santos apóstoles y de otros mártires. Los cuales fueron y tornaron con su encargol. A su llegada la reina le pidió al obispo venir a entregarlos al monasterio con el honor que se les debía y solemnes cantos. Pero él despreció la solicitud, montó a caballo y partió hacia su villa. La reina se dirigió entonces al rey pidiéndole se interpusiera para que un obispo cualquiera viniera al monasterio a entregar las reliquias con los honores correspondientes y de acuerdo a la promesa que ella había hecho. Para esto nombró al bienaventurado Eufronio, obispo de la ciudad de Tours, quien en la ausencia del obispo del lugar, condujo seguido por su clero, las reliquias al monasterio en medio de los cantos, los cirios resplandecientes y una gran pompa de incienso. Posteriormente la bienaventurada Radegunda intentó restablecer las relaciones con el obispo sin nunca lograrlo, al punto de tener que ir a Arlés en compañía de la abadesa que instituyó. Allí tomaron la regla de San Cesario y Santa Cesaria, y puesto que el pastor que debía defenderlas no lo hacía optaron por  colocarse bajo la protección real. Ese fue el origen de disentimientos que día a día se agravaron hasta el tiempo del tránsito de este mundo al otro de Radegunda. Después de su muerte, la abadesa pidió ponerse de nuevo bajo la supervisión de su obispo, quien primero se rehusó, aunque luego se rindió al consejo de los suyos, prometiendo servirles de padre según era conveniente, y tomar su defensa siempre que ellas lo requirieran. Del rey Childeberto, obtuvo un diploma para gobernar en regla ese monasterio a la par que sus otras parroquias, si bien no me cabe duda que un residuo de no sé que se le quedó en el alma y vino a ser la causa, como aseguran las religiosas, de nuevas discordias.

Ellas tenían la intención de ir a presentarse al rey, y nosotros les dimos nuestro consejo, les dijimos: Su intención es en todo contrario a la razón, pero puesto que no hay forma de hacerles entender aquello que les evitaría ser censuradas, ya que desprecian la razón y cierran el entendimiento a un consejo saludable, consideren al menos que más vale dejar pasar el invierno, esperar la primavera con sus vientos clementes para ir a donde su voluntad las lleve. Accedieron y en el verano siguiente Clotilde abandonó Tours, dejando a las religiosas con su prima, para dirigirse al rey Gontrán quien la recibió y colmó de regalos, volvió enseguida a Tours sin Constantina, la hija de Burgolino, que se quedó en el monasterio de Autun en espera de los obispos a quienes diera orden el rey de examinar la controversia con la abadesa. En su ausencia varias religiosas embaucadas por ciertas gentes contrajeron lazos matrimoniales, mientras que aquellas que aguardaban la llegada de los obispos no viéndolos venir, regresaron a Poitiers refugiándose en la basílica de San Hilario a cuyo alrededor se aglutinaron muy pronto ladrones, asesinos, adúlteros y criminales de toda calaña en la espera del combate al que se preparaban, diciendo: Estamos degradadas, pero al monasterio no nos reintegraremos sino hasta la partida de la abadesa.

Había en ese monasterio una reclusa que años antes se había precipitado desde lo alto de sus murallas, e ido a refugiar en la basílica de San Hilario, escupiendo cantidad de acusaciones, que reconocimos como falsas, en contra de la abadesa. Aunque posteriormente y con la ayuda de sogas, ascendió de nuevo al monasterio por el lugar mismo desde donde se había precipitado, y pidió a grandes voces  que la encerraran en una célula secreta diciendo: Porque he pecado contra Dios y doña Radegunda (que todavía vivía), quiero separarme por completo de la sociedad de esta congregación y hacer penitencia por el olvido que tuve de mis deberes. Sé que el Señor está lleno de misericordia y perdona los pecados a quienes los confiesan. Y entró en su célula, pero cuando el escándalo estalló y Clotilde regresaba de visitar al rey Gontrán, esta reclusa forzó una noche la puerta de su cédula para salir del monasterio, prorrumpiendo igual que la primera vez, una avalancha de acusaciones en contra de la abadesa.

XLI Mientras sucedían estas cosa, Gondegesilo, obispo de Burdeos, se adjuntó en su calidad de metropolitano de Poitiers a Nicasio, el obispo de Angulema; a Safario, el obispo de Perigueux, y a Meroveo, el obispo de Poitiersli, encaminándose todos a la basílica de San Hilario a fin de amonestar a las religiosas en un intento por que regresaran al monasterio; pero como ellas obstinadas se rehusaron, el obispo de Burdeos seguido por los demás pronunció la excomunicación que prescribía la epístola insertada con anterioridad, entonces empero el tropel brutal del que ya hablamos y que las acompañaba, se sublevó cubriendo a los clérigos de golpes,  y es un hecho que de la basílica de San Hilario echaron a los obispos a la calle y al suelo de donde se levantaron a duras penas, mientras los diáconos y otros clérigos salían de la basílica ensangrentados y con las cabezas rotas. El diablo seguramente se inmiscuyó, tan ciego fue el pavor con el que todos salieron del santo lugar, sin detenerse a despedirse siquiera, huyendo como por su vida a pie por el primer camino que se les atravesó. Desiderio, el diácono de Siagrio, obispo de Autun, que se halló presente en el desastre se arrojó al Clain sin demorarse a buscar el vado por el que había pasado, y cruzó así el río con su caballo a nado. Pasado este lance, Clotilde escogió encargados de negocios que invadieron las estancias del monasterio y pasaron a apropiarse de cuanto pudieron, haciéndose obedecer de los servidores del monasterio por la fuerza y los malos tratos; amenazaba también, si lograba entrar, con aventar a la abadesa desde lo alto de las murallas.

Esto se reportó al rey Childeberto, quien enseguida giró órdenes al conde Macon [conde de Poitiers] para que procediera a aplacar las discordias. Gondegesilo y los demás habían privado de la comunión a esas religiosas, éste escribió al rey Gontránlii y a los obispos de su compañía, en su nombre y en el de sus colegas presentes, y recibió la siguiente respuesta:

Respuesta ejemplar

A nuestros señores y dignos poseedores de su sede apostólica, Gondegesilo, Nicasio, Safario, Heterio, Onacario, Esiclio, Agrícola, Urbico, Félix, Veran, al otro Félix y a Bertránliii, obispos. Recibimos las cartas de sus beatitudes y nos alegramos de saberlos en buena salud, si bien nos acongojamos no poco al enterarnos de los insultos que sufrieron, y como echando al olvido toda reverencia a la religión se transgrede la regla. Nos informaron que unas religiosas salieron, a la instigación del diablo, del monasterio fundado por Radegunda de virtuosa memoria, negándose a escuchar sus admoniciones y recogerse en el recinto del monasterio, y la manera en que se hicieron culpables de maltrato hacia ustedes y los suyos en la basílica de monseñor Hilario. Por lo que, creyeron necesario privarlas de la comunión, y solicitan el consejo de nuestra mediocridad. Reconocemos que consultaron con acierto los santos canones, donde la regla  impone no sólo la excomunicación, sino la satisfacción por la penitencia para quienes se dejan llevar a esos extremos., Por eso nos declaramos de acuerdo con las medidas tomadas hasta que reunidos en un concilio sinodal, a principios de noviembre, deliberemos juntos la manera de poner un freno a tales temeridades, a fin de que nadie después ose insolencias similares, y al respeto que les tenemos, agregamos los sentimientos de una viva afección. No obstante, como vemos que el señor apóstol Pablo nos advierte en sus escritos que debemos incesantemente “a tiempo y contratiempo” [II, Epístola a Timoteo, 4,2] remediar las transgresiones con las predicaciones continuas, y puesto que asegura que “la piedad es útil para todo” [ibid., 4, 8], les pedimos imploren con oraciones asiduas a la misericordia de Dios, para que inflame en esas pecadoras el espíritu de compunción, y satisfagan dignamente por la penitencia a los delitos en los que cayeron, y a fin de que en virtud de sus solas predicaciones esas almas pérdidas retornen a su monasterio, y aquel que cargó sobre sus hombros a la oveja descarriada de vuelta al redil, se alegre de su retorno como de la adquisición de un rebaño entero. Les pedimos en particular que nos otorguen siempre el socorro de su intercesión. Yo su Heterio, pecador, me permito saludarlos; yo, cliente de usted, Esiclio, me atrevo a saludarlo; yo que lo aprecio, Siagrio, lo saludo con respeto; yo, su respetuoso servido, Urbico, lo saludo; yo, obispo Veran, lleno de veneración por usted lo saludo con respeto; yo, servidor suyo Félix, me permito saludarlo; yo, obispo Bertrán, su muy humilde y afectuoso servidor me permito saludarlo.

XLII Por su parte, la abadesa leyó en voz alta una epístola dirigida por Radegunda a los obispos de su época, y mandó copias a los obispos de las ciudades vecinas. He aquí una copia:

Epístola ejemplar

A mis santos señores y dignísimos posesores de la sede apostólica, y mis padres en Jesús Cristo, a todos los obispos, Radegunda pecadora. Cuando se inician las cosas debemos tener la esperanza de lograr proveer a su solidez y eficacia, como cuando el estado de la grey se comunica a los padres, médicos y pastores, a cuya prudencia se encomendó para que intervengan dentro de sus posibilidades con el ejercicio de la caridad, los consejos de su autoridad y el auxilio de sus oraciones. Ya antaño liberada de los lazos de la vida secular por las inspiraciones de la Providencia y de la misericordia divina, me puse libremente bajo el yugo de Cristo y  de la regla religiosa, aplicándome con todas las fuerzas de mi espíritu a ser útil a los demás para que, por la voluntad de Dios, mis deseos se realizaran a su mayor ventaja. Levanté y erigí, mediante la institución y buenos oficios del excelentísimo rey señor Clotario, el monasterio de mujeres de la ciudad de Poitiers, que doté con lo que pudo acordarme la munificencia real. Establecí la regla de Santa Cesaria sobre esta congregación que reuní gracias a Cristo y a su auxilio, regla inspirada según conviene en los santos padres, por el cuidado del bienaventurado Cesario, el obispo de Arlés, y con el consentimiento de los bienaventurados obispos de otras ciudades. Por elección de nuestra congregación instituí abadesa a nuestra señora y hermana Agnes, la cual desde su más tierna edad instruí y crié como mi propia hija, aceptando a partir de este momento obedecerle conforme a la regla, y sometérmele después de Dios,. En estricta observancia de las formas apostólicas , yo y mis hermanas, pusimos en sus manos las actas de cuanto poseemos en este mundo, sin conservar a nuestra entrada en el monasterio nada para nosotras, por temor de incurrir en la suerte de Anania y Safira. Pero como la duración y el término de la vida humana son inciertos y el mundo corre a su fin, y muchos se complacen en servir su propia voluntad antes que la divina, llevada por el celo de Dios transcribo sobre este papel mis ruegos para aquellos entre ustedes que, por la voluntad de Cristo, me sobrevivan en su apostolado; y lo que no pude hacer en persona, lo hago por medio de esta epístola y me prosternó a sus pies en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y del día temible del juicio, para que cuando éste venga no se levanté en tirano, sino que los corone con la benignidad de un rey legítimo. Los conjuro para que dado el caso, y Dios no lo quiera, en que después de mi muerte alguien por azar, cualesquiera que sea su persona, ya el obispo del lugar ya un delegado de la autoridad real ya otro el que fuera, intente introducir el desorden en la congregación con sugerencias malévolas o mediante procedimientos jurídicos para violar la regla o instituir abadesa a otra que a sor Agnes, consagrada por la bendición del bienaventurado Germán en presencia de sus colegas; o en que en el interior mismo de la comunidad se levanten murmuraciones con la finalidad de obtener cambios, lo cual es imposible; o si una persona cualquiera, incluyendo al pontífice del lugar, intenta ejercer su influencia sobre el monasterio y sus negocios sobrepasando la autoridad que, estando yo en vida, tuvieron los obispos sus predecesores; si se busca establecer un nuevo privilegio o bien alguien pretende quitarle al monasterio alguna de las cosas donadas por mi excelentísimo señor Clotario o mis excelentísimos señores los reyes sus hijos. Donaciones que, con la autorización del excelentísimo señor Clotario, transcribí en cartas patentes transfiriendo su propiedad al monasterio, no sin la confirmación de los excelentísimos señores reyes Cariberto, Gontrán, Chilperic y Sigeberto, que me la dieron por su autoridad bajo juramento y firma. Si un príncipe, pontífice o sor, u otra persona cualquiera en un deseo sacrílego se atreve a invadir, reclamar y apropiarse alguna de las donaciones otorgadas al monasterio para la salud de su alma por otros, o alguna de las que concedieron las sores sobre sus propios bienes: en nombre de la voluntad de Cristo y por mis ruegos pido a su santidad y a la de sus sucesores que intervengan según Dios, para que los espoliadores de los pobres y los secuestradores de sus bienes sean privados del favor suyo y que oponiéndose usted nadie pueda intrometerse a alterar la regla o invadir los bienes del monasterio. Lo conjuro también para que, cuando Dios quiera retirar de este mundo a la dama y sor Agnes, nuestra congregación elija en su lugar a una abadesa que, por la voluntad de Dios y la suya,  guarde nuestra regla y no le reste nada en el objetivo de santidad que nos propusimos, de manera que nunca perezca, ni por voluntad propia ni por la de nadie. En presencia de Dios y de los santos, también le suplico que si, y Dios no lo permita, alguno quisiera, contra el orden de Dios y la autoridad de los reyes, modificar en algo de las condiciones cuyo cumplimiento pido, o quiere despojar al monasterio de un bien o persona, o molesta de alguna manera a la mentada sor abadesa Agnes; que el culpable incurra el juicio de Dios, de la Santa Cruz y de la bienaventurada María y que los bienaventurados confesores Hilario y Martín, a los cuales remito después de Dios la defensa de mis hermanas, se encarguen de perseguir y pleitear contra él. A usted también bienaventurado pontífice y a sus sucesores, los requiero para que defiendan celosamente la causa de Dios y si, lo que no quiera Dios, hubiera quien maquine contra el monasterio, no duden en repeler y combatir al enemigo de Dios, ni a presentarse ante el rey que reine en ese momento sobre el país, o en ir a la ciudad de Poitiers a informarse de las cosas que se les encomendó ante Dios, y aplicar la justicia hacia los autores y defensores de la iniquidad, para que ningún rey católico permita acaezca nunca una indignidad tal y frene la destrucción de lo establecido por la voluntad divina, la mía y la de los mismos reyes. Conjuro también a los príncipes que Dios quiera instaurar o conservar a la cabeza de los pueblos después de mi muerte, en nombre de aquel cuyo reino no tiene fin y por cuya voluntad se consolidan los reinos, ése mismo que les dio corona y vida, les ruego ordenen que el monasterio, que instituí, sometí a la regla y doté con el permiso y socorro de los reyes, sus padres o abuelos, sea gobernado bajo su protección y las órdenes y bajo el acuerdo de la abadesa Agnes, sin que se le autorice a nadie inquietar o molestar a la mentada abadesa ni a nadie perteneciente a nuestro monasterio, ni modificar o expoliarlo de lo que le pertenece. Por el amor de Dios y frente al Redentor de las naciones, los imploro para que lo defiendan y garanticen con el acuerdo de nuestros señores obispos y alcancen el reino eterno y vivan en compañía del defensor de los pobres y esposo de las vírgenes, en cuyo honor resguardaron a las siervas de Dios. Les suplico también muy santos pontífices y excelentísimos señores, por la fe católica en la que los bautizaron y por las iglesias bajo su guarda, que cuando Dios me separe de este mundo, mi cuerpo sea sepultado en la basílica que empezamos a erigir en honor de Santa María, madre del Señor en la cual ya reposan varias de nuestras hermanas, así se los pido, aun cuando la basílica no estuviera terminada. Y si alguien se opusiera, por la intercesión de la cruz de Cristo y de la bienaventurada María, que incurra en la venganza divina y, merced a la intercesión de ustedes, se me acorde un rincón en esta basílica donde se me entierre, en la vecindad de las hermanas de mi congregación. Los interpelo con lágrimas en los ojos para que esta súplica suscrita de mi mano sea conservada en los archivos de la catedral, para que si la necesidad lo exige mi hermana la abadesa Agnes o la congregación acorran a su auxilio contra los malos; y mediante los cuidados de su solicitud pastoral se les otorguen las consolaciones piadosas de su misericordia, y nunca puedan decirse abandonadas por mí que, primero Dios, busqué la benevolencia de ustedes hacia ellas. Entregó todas estas cosas ante la mirada de aquel, que desde lo alto de su cruz gloriosa encomendó la Virgen su madre al bienaventurado apóstol Juan, para que como él cumplió esa orden de Dios, ustedes también cumplan, señores míos, padres de la iglesia y varones apostólicos, cuanto yo humilde e indigna les encargo aquí. Al custodiar lo que se les confía, participarán del mérito de quien cumplió el mandato apostólico y reproducirán dignamente su ejemplo.

 

XLIII Posteriormente el obispo Meroveo que sabía hablaban mal de él, envió hacia el obispo Gondegesilo y los obispos sufragantes, a Porcario, el abad de San Hilario, para intentar reintegrar las religiosas a la comunión, y le permitieran venir y ser escuchado; pero no lo logró. El rey Childeberto importunado de continuo por ambas partes, a saber por las religiosas y el monasterio, despachó al sacerdote Teutario con el objetivo de terminar la querella. Éste convocó a Clotilde y a las otras mujeres quienes dijeron: No vamos porque se nos niega la comunión. Si obtuviéramos la reconciliación concurriríamos de inmediato a la audiencia. Él fue en busca de los obispos y trató con ellos del caso, si bien de ninguna manera logró que las readmitieran a la comunión, por lo que se volvió a Poitiers. Todas esas mujeres estaban dispersas, unas con sus padres, otras en su propia casa, mientras otras habían regresado al monasterio ya que, a causa del rigor del invierno y la falta de leña, no podían permanecer juntas. Sólo un corto número se quedó con Clotilde y Basina, y entre ambas reinaba la discordia porque las dos querían mandar.

XLIV Ese año hubo después del primer domingo de pascualiv un chubasco terrible mezclado con granizo que convirtió en el espacio de dos o tres horas a los valles en ríos. Los árboles florecieron en el otoño y dieron frutos parecidos a los que ya se habían recogido; rosas aparecieron en el noveno mes. La cruda de los ríos sobrepasó toda medida anterior, cubriendo con sus aguas sitios donde nunca habían llegado y dañando no poco las simientes.

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i Ver libros 4 y 5. Gosuinda se alió posteriormente con el obispo arriano Uldila y tramó en contra de Recaredo. [Ruinart]

ii En la basílica de Santa María de Poitiers en donde se conservaron sus restos hasta 1562, cuando los protestantes los dispersaron a los cuatro vientos. [Ruinart]

iii Nótese esta antigua costumbre de la Iglesia de las Galias de no dar la comunión sino tras la celebración de la misa. [Ruinart]

iv Ver Fredegario en donde el nacimiento de ese hijo se data del año siguiente, 588.

vi Después de sus incursiones desde los picos de los Pirineos a la Novempopulania, los vascones o gascones lograron que los francos les cedieran esa provincia que tomó su nombre, Gascuña.

vii Llamado conde en el libro 8.

[1] Gontrán es el tío no el padre de Childeberto.

[2]  Gregorio de Tours, libro 5, cap. III, op. cit. nota 4.

viii Se trata de una de las coaliciones entre principales leudes contra el poder real, más frecuentes en Austrasia que en Neustria. Perturbaron el gobierno de Brunegilda hasta acabarla. Montesquieu explicó, con su sagacidad habitual, la lucha de esta aristocracia naciente de grandes proprietarios contra la realeza y las causas de la caída de Brunegilda (Espíritu de las leyes, libro 31. cap. 1 y 2).

ix Evectione publica. Prácticamente todos los detentores de propiedades francos, tanto de alodios como de beneficios, tenían la obligación de facilitar transporte y comida ya  a los enviados del rey ya a quienes iban a él en cumplimiento de algún servicio público. Esta obligación está formalmente consagrada por las leyes bárbaras, entre otras por la leyes ripuarias (Tit. 65, §3). Hay muchos ejemplos de su cumplimiento en los escritos de aquel tiempo y Marculfo (libro 2, cap. 2) nos brinda la frase con la cual los reyes establecían este tipo de contribuciones.

x El 25 de octubre. La mujer de Rauchingo había estado casada antes con Gadin (libro 5). [Ruinart]

xi Vabreuse castrum. La región de Woevre se extiende entre los ríos Mosa y Mosela, desde Monmedy y Longwy hasta Commercy; se desconoce la ubicación exacta de la fortaleza.

xii Quizá se trate de la construida por Walfredo (libro 8), cerca de Yvoy en la región de Woevre. [Ruinart]

xiii Fortunato, libro I, canto VI.

[3] Se trata de la esposa de rey Chilperic, marca la postura negadora de su dignidad, por parte  de Gontrán o del obispo narrador.

xiv 1era Epístola de San Pablo a los Corintios, cap. 15, v. 50.

[4] Era arriano.

xv En 587.

xvi El suceso habría tenido lugar no en España bajo Leovigildo sino en África en tiempo de los vándalos según las notas a la edición de Guizot. [Para Henri Latouche se trata de dos supercherías diferentes. Cf.  p. 200, nota 26 in op. cit. nota 25.]

xvii Rufino agregó dos libros a la Historia eclesiástica de Eusebio. Gregorio de Tours junto con los demás autores de esa época sólo conocían esta historia por la traducción latina de Rufino, citaban la obra como siendo de la autoría de Eusebio. La muerte de Arrio se narra en el libro 10, cap. XIV. [Ruinart]

xviii Pablo Diácono, De vita petrum Emerit., cap. XIX.

[5] Princesa católica, hija de Sigeberto y Brunegilda, casada con Hermenegildo quien se convirtió al catolicismo y se rebeló contra su padre, quien habiéndolo vencido lo mandó ajusticiar. Ingunda o Ingundis murió en el viaje cuando intentaba huir a Roma.

[6] Gregorio de Tours, op. cit. nota 4, Libro 8, cap. XXVIII.

[7] Recaredo era el hermano de Hermenegildo y cuñado, por lo tanto, de Childeberto.

[8] Gregorio de Tours, op cit. nota 4, libro 7, cap. XLVII.

xix Vosangensem pagum en el actual departamento del Indre. Mauriopes vicum. Debe corresponder al pagus Mauripenais, Hurepoix (Rambouillet, Étampes, palaiseau, Corbeil) en cuyo extremo se encuentre Merobes (Loiret) acaso Mauriopes. [Ruinart]

xx Mauriopes vicum. Debe corresponder al pagus Mauripenais, Hurepoix (Rambouillet, Étampes, Palaiseau, Corbeil) en cuyo extremo se encuentra Merobes (Loiret) acaso Mauriopes. [Ruinart]

xxi  Las opiniones varían respecto al lugar donde se concluyó este tratado. En la palabra Andelaüm, unos reconocen la ciudad de Andelys en Normandía, otros Anlaw en Vosges en los confines con Alsacia; y otros Andelot, en la diócesis de Langres y Naz sobre el Ornaian. Esta última oponión que adoptó Dom Bouquet nos parece la más verosimil, el burgo de Andelot ubicándose en la frontera aproximativa entre los reinos de Childeberto y Gontrán.

xxii El único vástago sobreviviente del rey Gontrán. Había tenido otra hija llamada Clotiburgis que al parecer ya había fallecido, pero a quien se cita en el segundo concilio de Valencia [584], en el que ambas hermanas son llamadas religiosas. [Dom Ruinart]

[9] […] cuando llegó el rey Chilperic la recibió con grandes honores y la desposó. La amaba de un gran amor, pues le había aportado grandes tesoros; pero pronto hubo entre ellos motivos de escándalo a causa del amor que el rey todavía sentía por Fredegonda, una amante anterior … Como [Golsvinta] se quejaba  de constantes ultrajes y aseguraba vivir sin el honor que merecía, solicitó a Chilperic  que le permitiera regresar a su país, y que a cambio le dejaría todos los tesoros. Éste disimuló astutamente y la apaciguó con dulces palabras, al final dio orden a un doméstico para que la ahorcara, La hallaron muerta en su lecho […] Gregorio de Tours, op. cit. 4, libro 4, cap. XXVIII.

xxiii Morgengabe, regalo que el marido daba a su esposa al día siguiente de las bodas en recompensa por la virginidad ofrecida. El uso así como el término existen en todos los pueblos de origen germánico.

xxiv Rosson-le-Long entre Soissons et Vie-sur-Aisne, o Rosson en la diócesis de Beauvais.

[10] Vasallos que tienen un líder.

[11] Se trata de mitigar la posible oposición de los grandes tras la muerte de Clotario (padre de Gontrán y abuelo de Childeberto), quien había dividido su reino entre sus cuatro hijos, garantizándoles la permanencia de las donaciones otorgadas por él o sus antecesores, e incluso las apropiaciones de facto.

[12] Uso de la fígura retórica de la ironía que afirma negando, se explícita el verdadero sentido en la segunda parte de la frase.

xxv En ningún lugar se menciona este concilio, es posible que no se llevara a cabo. [Ruinart]

xxvi Cuyas manifestación eran unos bulbos ubicados, como su nombre lo indica, en las ingles.

[13] Tercera oleada de peste bubónica. La primera había sido en 543-544, la segunda en 571 [para Marsella], la tercera se extendería de 588 a 591, la cuarta de 599 a 600. Siguen las grandes vías comerciales, llegando a las Galias por el mar mediterráneo al puerto de Marsella desde donde remontan los ríos Saona y Ródano. Rouche, Michel, Histoire du Moyen âge: VIIe-Xe siècle, Paris, Armand Colin, 1982/ Ed. Complexe, 2005, p. 261, p. 162-197.

[14] Según Robert Latouche: Saint-Symphorien-d’Ozon, distrito de Vienne (Isère), la edición de Guizot no específica.

[15] Antecedente singular de lo que vendría a constituir el poder taumaturgo de los reyes franceses a partir del segundo representante de la dinastía de los Capetos.

xxvii  La creencia en la santidad de ese rey y en sus milagros estaba bastante extendida en esa época. Ver Pablo Diácono, Historia de los Lombardos, libro 4, cap. XXXV. [Guadet et Taranne]

xxviii  En Verdun en el oratorio que había erigido a San Martín y que tomó después el nombre de su fundador: Saint-Airy. Subsistía aún en el siglo XVII. Ver también Fortunato, III, pp. 27-28. [Ruinart]

xxix Algunos opinan que Virgilio no sucedió inmediatamente a Licerio sino a Pascasio cuyo episcopado habría sido brevísimo. [Ruinart]

xxx El texto del abad Odón da Vence en lugar de Verdún con la nota: la Provenza había sido por entonces cedida a los reyes francos por los ostrogodos. [Guadet et Taranne]

xxxi Autharis, que Gregorio de Tours [libro 9], llama Aptacarius. Se trata de Clodusuindis. [Ruinart]

xxxii Ver lo que dice respecto a esta embajada Gregorio, libro 6, cap. XLII y en el libro 10, cap. III; y Pablo Diácono, Historia de los Lombardos, libro III, cap. XXX. [Ruinart]

[16] Ejemplo de la habilidad política de Childeberto, puesta de manifiesto por Gregorio en sus relaciones exteriores, percibida como aceptable en este ámbito en tanto diplomacia. Hacia años había recibido 50 mil sous del emperador Mauricio por combatirlos y,  contemplado simultaneamente la posibilidad de una alianza con los lombardos. Al final los ataca en el momento que cree conveniente y sin mucha convicción. Ver cap. XXIX.

xxxiii Quince millas según la lectura de algunos manuscritos, lo que es más probable.

[17] Momociacense oppidum. En la edición de Guizot aparece como Maguncia, Robert Latouche en su introducción lee también Maguncia. Mientras J. Guadet et Taranne dan Mouzon, ciudad sobre el río Mosa.

xxxiv Gregorio cita también [Gloria de los confesores, cap. LIII] a un Thaumastus, obispo de Momociacensis urbis. Mouzon, ciudad ubicada a las orillas del Mosa, recibe en los textos antiguos medievales el nombre de Mommum; hay también un Mosomagus cuyos soldados son llamados Musmagenses en la Notitia imp. Rom.; razones por las cuales se ha creído encontrar una analogía suficiente como para identificar Mouzon como la Momociacense oppidum de Gregorio. Otros lo consideran una mala lectura de los manuscritos, donde dan Momociacense en lugar de Moguntiacense; pero, Gregorio distingue perfectamente a Maguncia que llama Mogontia, ese error resulta por lo tanto inverosímil . Sigeberto y Thaumastus son nombres ausentes de la lista de obispos de las Galias a finales del siglo VI, por lo que este pasaje es problemático.

xxxv  Ver Gregorio de Tours, Milagros de San Martín, libro 4, cap. VI, y Fortunato, libro X.

[18] Había tres órdenes en la antigüedad: senadores, caballeros y plebeyos.

xxxvi Isidoro de Sevilla habla de un ejército franco de 60 mil hombres,  y afirma que jamás los godos alcanzaron una victoria tan completa como en esa ocasión. El ejército de Recaredo estaba al mando del duque Claudio de Lusitania. [Ruinart]

xxxvii Este monasterio sobrevivió en el inteior de los de San Martín bajo el nombre de Sante-Marie-d’Escrignole (de scrinolio), y se le transfirió a principios del siglo XI sobre una colina. [Ruinart]

xxxviii  Esta decisión no se halla entre las del concilio de Nicea.

xxxix  Un tercio según los manuscritos de Colbert y de Cluny.

xl Mujer del duque Launebod, que hizo construir  la iglesia de San Saturnino en Tolosa. Ver Fortunat, libro 2, cap. 9. [Ruinart]

xli   Agenti.

xlii  Resque ejus oblinnit. Permiso para consevar los bienes concedidos a Vadon en beneficio, y por consecuencia a título de usufructo y que debían de regresar al dominio real. Respecto a los hijos de Vadon ver en el libro 10.

xliii  Straburgum y en el libro 10, Strateburgum. Es con Gregorio que hay constancia por primera vez del nombre moderno de la anterior Agentoratum

xliv  A orillas del río Aisne, departamento de Soissons.

xlv   A 16km de Saverne, en el Bajo Rin.

xlvi   El rey recuperó los bienes que les había concedido.

xlvii Hija de su primera mujer, Audovera. Chilperic la obligó a entrar al monasterio. Sus hermanos Meroveo y Clodoveo habían sido asesinados.

xlviii  Obispos de Tours, Rouen, Paris, Nantes, Angers, Rennes y Mans. [Ruinart]

xlix   Radegunda era la hija de Bertario, rey turingio, ver libro 3, cap. IV. San Martín había nacido en Panonia. [Ruinart]

l Depositadas primero en Tours, se les trasladó posteriormente a Poitiers. Fue para albergarlas que Gregorio elevó el oratorio dedicado a la Santa Cruz del que habla Fortunat, libro 2, cap. III. [Ruinart]

li Faltaban los obispos de Saintes y Agen para que estuviera completa la provincia eclesiástica de la Segunda Aquitania.

lii En Autun según Hadrien de Valois. [Ruinart]

liii   Ni Onacario ni Agrícola aparecen entre los suscriptores del concilio.

liv   Post clausum pascha. Se llama clausum pascha al primer domingo después de Pascua, conocido también a partir del siglo XVI como el domingo de Quasimodo.

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